viernes, 24 de marzo de 2017

Fragmento del libro de relatos "Emma Roulotte, es usted".



CUENTOVAK 10 Mg.
A Gregorio Samsa.

--¿Quién era?-- pregunta Emilia.
--Unos forasteros interesados por aquel escritor famoso, ya sabes a quien me refiero, pero no les dije ni palabra-- responde Carlota, mientras vuelve a sentarse a la mesa frente a su hermana.

--Bueno... sigamos con lo nuestro. Insisto en que se trata de tener firmeza y ser metódicas...
--Sí, de acuerdo. Pero reconoce que, además de voluntad, hacen falta ideas. Sin ellas las buenas intenciones no valen de nada.
Sentadas frente a frente, ante sendos blocs de papel impecables y sendas plumas, se esfuerzan para ignorar el escaso ruido proveniente de la calle que pudiera distraerlas. Carlota, de pronto, se levanta.
--Tomemos un vaso de leche caliente con miel, para relajarnos.
Emilia asiente con un gesto; pero sigue callada y pensativa, dándole vueltas a la pluma en la mano y salpicándolo todo con tinta. Fuma sin parar. No cree que escribir un cuento sea tarea demasiado complicada. Muchos lo hacen. Cientos, miles de personas, tal vez en este momento, están escribiendo uno, corrigiendo, poniendo punto final, puliendo matices, retocando la descripción de un personaje, cambiando un adjetivo por otro más adecuado o contundente. El mundo entero está lleno de palabras y de historias, la humanidad no puede prescindir de ellas; no pasa un segundo sin que alguien garabatee una frase, aunque acabe olvidada en las profundidades de un cajón, o la consuma el fuego, o las ratas. La gente escribe sin resuello, publica, lee, luego escribe sobre lo ya escrito, vuelve a hacerlo sobre lo escrito de lo escrito, copia, plagia, concibe ideas geniales o peregrinas. Todo cuanto piensa lo plasma con letras. Entonces, ¿Por qué ellas no pueden hacer lo mismo?
En estos pensamientos está Emilia, cuando regresa Carlota con dos vasos de leche. La beben sin pronunciar palabra, a pequeños sorbos, mientras sus pensamientos divagan. Emilia se atreve a insinuar:
--¿Y si escribiéramos algo absurdo? Algo kafkiano, referente a un hombre que se pierde en un pueblo, por ejemplo, y que tiene que buscar a una persona que no existe y entregarle una caja...

--No-- replica Carlota, sin despegar los labios del vaso --ya lo habrá escrito alguien. Además-- prosigue --ni tu ni yo tenemos semejante dominio de la  acción--. Y la atmósfera se espesa con el vapor de los vasos y el humo del cigarrillo de Emilia, que traza signos de interrogación en el aire.
No es la primera vez que ambas hermanas lo intentan; en una ocasión, llegaron a escribir una historia casi perfecta, apenas se notó que había sido redactada por dos personas: cada una un párrafo. El hecho de llevarse pocos años les da ventajas: escriben partiendo de una escueta trama, luego cada una redacta por su lado, sin saber lo que hace la otra. Convencidas de que esta técnica pianística a cuatro manos les dará cierta originalidad como autoras, creen que llegarán a ser algo así como las Hermanas Brontë (aunque sistemáticamente excluyen de sus inquietudes literarias a la pequeña Ana, demasiado glotona y curiosa), cuyas obras, siendo niñas, frecuentaron con admiración en las tardes ociosas de invierno.
Mientras tanto, en la habitación contigua, la pequeña Ana abrió el paquete y tiene sobre la cama la caja de madera lacada. Lee y relee la tarjeta de cartulina intentando desentrañarla. No tarda en sucumbir a la curiosidad y abre la caja. Dentro halla otra similar, de madera lacada, en cuya tapa se dibuja una especie de insecto. La abre: hay un frasco pequeño de vidrio, envuelto con un papel impreso, que se apresura a leer.
Momentos después, con el rostro enrojecido por el calor y un desmedido entusiasmo, Ana irrumpe en la habitación donde están sus hermanas.
--¡Emilia! ¡Carlota!
Lleva en sus manos la segunda caja lacada.
--Tengo la solución.
Deja la caja sobre la mesa, como quien entrega un tesoro.
--¡Vamos! Abridla...
--Pero... ¿qué es?-- inquieren, fastidiadas por la interrupción.

--La solución...
Ambas hermanas se miran la una a la otra. Con desgana, Carlota la abre, saca el frasco y lee en voz alta la etiqueta que tiene pegada:
-- "CUENTOVAK 10"... ¿Qué es esto, Ana?
--Lee el prospecto...
Carlota despliega el papelito:
--”CUENTOVAK 10 MILIGRAMOS”...-- alza la cabeza y mira a su hermana Emilia con gesto de desconcierto y fastidio; y como ésta no parece oponerse, prosigue:
PRESENTACIÓN:
Resulta difícil, si no imposible, dar con una persona que a lo largo de su vida no se haya visto afectada por el síndrome cuentístico. Muchos lo han padecido y su resultado ha sido una bien nutrida y sana producción: tenemos un Chejov, un Borges, un Poe, un Bierce, un James, por citar a algunos de los mejores en la historia de la literatura. Otros, los más, han pergeñado tímidamente algunas historias con mayor o menor fortuna. Pero existe un tercer grupo, más numeroso que los anteriores, para quienes Laboratorios “LITEROL, S.A.” ha creado este fármaco: se trata de aquellos pacientes que, por falta de imaginación, desconocimiento del oficio, o por simple pudor, nunca se atrevieron a hacerlo.
CUENTOVAK 10 resulta de verdadera eficacia para aquellos pacientes con insuficiencia imaginativa, novelitis  aguda o crónica, e infecciones poéticas focalizadas en metáforas y pleonasmos. Actúa sobre las células directamente afectadas, erradicando la mediocridad, produciendo de inmediato una notoria mejoría en la prosa y mayor vigor en el talento.
--Parece interesante-- murmura Carlota, sin despegar los ojos del prospecto.
--Continúa, por favor-- le ruega Emilia.

--COMPOSICIÓN: Cada miligramo de ácido sintáctico-narrativo contiene una cadena de componentes que activan las encimas creativas y evitan el riesgo de cometer prosa poética, o quedarse anclado en el mero género evocativo confesional, o caer dentro de las fronteras de lo ensayístico.
Componentes básicos de CUENTOVAK son, en primer lugar: el suceso, elemento imprescindible, sea éste de la índole que fuera. A este suceso es preciso darle forma contándolo de la manera más adecuada que requiera. Para ello, la acción terapéutica se centra directamente sobre las zonas afectadas erradicando toda digresión nociva. Los personajes no son más que excusas para esta acción que debe ser autónoma y cerrada. Esto es: con una exposición del argumento, un desarrollo y desenlace coherentes. Actuando sobre la "causalidad" del suceso, CUENTOVAK 10 refuerza esta estructura produciendo una rápida y notoria mejoría.
Ana, boquiabierta, sin perder palabra, procura seguir el hilo, pero su cabeza se embrolla cada vez más y duda si no hubiera sido mejor haberse callado la boca y ocultado el frasco. Carlota, cada vez más picada en su curiosidad, sigue leyendo sin respiro:
Otro componente básico es el TONOFENOL, que actúa sobre la narración cuando el tono es débil o falta por completo. (Fácil  de detectar con una lectura en voz alta). Su utilización suele ser, para algunos, la parte más compleja y difícil del relato. Es imprescindible precisar que cada estructura de suceso, argumento o tema, suele requerir un tono diferente. CUENTOVAK 10 proporciona el tono adecuado sin causar mareos ni otros efectos colaterales.
Mientras Carlota lee, Emilia la escucha con atención y juguetea con la pluma entre los dedos.
INDICACIONES: Al administrar CUENTOVAK 10, es fundamental tener conciencia de los efectos que quieren generarse sobre el paciente; basta con  que éste se formule la idea de que escribe para sí mismo, por puro placer. El lector es una mera circunstancia posterior al acto creativo, que, cuando es coincidente con la sintomatología del autor, completa con su lectura, la escritura del cuento y su cuadro clínico.

--¡Cuánta certeza hay es estas palabras¡–,  exclama Emilia. Se reclina en el respaldo y se cruza de brazos dispuesta a seguir escuchando.
DOSIFICACIÓN Y MODO DE EMPLEO: Se recomienda no hacer uso excesivo de CUENTOVAK 10: una sobredosis podría originar cuentos demasiado extensos sin que la acción lo requiera. Las digresiones son siempre aburridas y no contribuyen a una marcada mejoría, y en cambio distraen de la acción fundamental. En pacientes con hipersensibilidad a alguno de sus componentes o excesiva empatía con los personajes, puede ocasionar trastornos de identificación con los mismos.
CONTRAINDICACIONES:   Si se administra cuando existe una estima excesiva por las novelas, el ensayo o la poesía, y la ignorante consideración de que el cuento es un género menor, puede producir cierta somnolencia, vómitos o diarrea intelectual.
PRECAUCIONES: Una dosis elevada suministrada en pacientes con tendencia a abusar de la prosa poética, o de las citas cultas de otros autores, o bien con hipersensibilidad a alguno de sus componentes como: acápites y/o prólogos aclaratorios, produce una profunda redundancia.
INTERACCIONES:    La  administración de CUENTOVAK 10 en pacientes que escriben simultáneamente varios cuentos, novelas o poemas, puede hacer que un género  involuntariamente se convierta en otro, o que la prosa se contamine de una lírica desacertada.
--Este medicamento parece asombroso. ¿De dónde lo has sacado, Ana?
--Me lo regaló un señor que pasaba por la calle-- miente. Y enrojecida de vergüenza, agrega para hacer el embuste más creíble: -- Creo que era un médico.
--Te tengo dicho, Ana, que nunca aceptes regalos de desconocidos--la regaña Emilia.
EFECTOS SECUNDARIOS: CUENTOVAK 10  puede producir, durante las primeras semanas de escritura honesta, momentos de nerviosismo o de depresión, dolores de cabeza y/o náuseas.(No obstante, administrado con criterio, puede ser agradable e incluso producir gozo).

INTOXICACIÓN Y SU TRATAMIENTO: Ocurre raras veces: cuando se abusa de argumentos o temas recurrentes puede producir fatiga y desinterés. Interrumpir su tratamiento de manera inmediata y alejarse de las labores literarias durante un tiempo. Eliminar todo rastro literario en los implementos utilizados: papel, lápices, plumas, máquinas de escribir, ordenadores, etc., con abundante agua y jabón, o con un buen desinfectante.
            RECOMENDACIONES ESPECIALES: En caso de dudas ante la calidad de la escritura, originalidad de los temas, léxico, etc., consultar con un especialista, o A.T.L.E.E. (Asistente Técnico Literario Exento de Envidia).
Una vez ingerido CUENTOVAK 10, no publicar, no sobornar a editores, miembros de jurado o críticos. CUENTOVAK 10 procura siempre calidad en escritura, y no cantidad de publicaciones.
LOS CUENTOS DEBEN MANTENERSE FUERA DEL ALCANCE DE LOS IGNORANTES, ANALFABETOS Y DETRACTORES.
--Parece muy interesante-- comenta Carlota, esperando la aprobación de su hermana.
--Sí, estoy de acuerdo. Podríamos probar una de estas píldoras tan prometedoras.
--Con probar no se pierde nada.
Carlota abre el frasco, se lleva una píldora a la boca y la paladea:
--No saben mal..., ¿verdad?
--No, al contrario, saben a... fresas –responde su hermana, que ha hecho otro tanto.
Más tranquilas, confiando en los efectos del milagroso medicamento, siguen con su labor, no sin antes pedir a la pequeña Ana que las deje a solas y no vuelva a interrumpir.
--Podríamos empezar con una descripción cualquiera, ir adquiriendo el ritmo y la atmósfera, hasta que espontáneamente surja la historia-- propone Emilia.
--Vale, lo intentamos.
Y ambas se ponen a escribir casi de manera simétrica. Al cabo de unos quince minutos, Emilia se interrumpe, arroja la pluma a un lado y grita:

--¡No me sale nada!
--A mí tampoco-- solloza Carlota. Y ambas a la vez se sumergen en un silencio desgarrador, casi patético, mientras se cubren el rostro con las manos.
--Creo que estas pastillas son inocuas--protesta Carlota. Y vuelve a quedarse en silencio.
--Placebo... como un best-seller...
Así permanecen unos minutos, hasta que un leve ruido las hace reaccionar. Es una especie de  zumbido, más bien un aleteo frugal, que suena cerca de sus cabezas. Levantan la mirada al unísono y descubren una especie de moscardón oscuro y pesado, cubierto de púas, que vuela con torpeza alrededor de la lámpara.
–Es como un pequeño alienígeno –comenta Emilia.
Ambas se miran con complicidad. Tienen exactamente la misma idea. Dan un grito de alegría con dos voces que surgen desde sitios enfrentados y confluyen a mitad del recorrido encima de la mesa, se tropiezan y se desvanecen en el aire. Con celeridad apartan los vasos de leche, Carlota apaga el cigarrillo, ordenan los folios en blanco, y cogen sendas plumas con la vehemencia de quién empuña un cuchillo dispuesto a exterminar a su peor enemigo. Sólo se oye el rumor frágil e inocuo del roce del cañón de la pluma sobre el papel, un sonido similar al del vuelo de un moscardón.

“CRÓNICAS GAMMAPURPURENSES”

“La luz verde parpadeando y la apertura automática de las cápsulas de hibernación, fue la respuesta inmediata a las órdenes de la computadora madre, Hill 456".

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 © Norberto Luis Romero, "Emma Roulotte, es usted", Editorial Eclipsados, Zaragoza, 2009

sábado, 18 de marzo de 2017

No podemos hallar el piso del señor Scott (Cuento)



A Hugh Walpole

Llevamos mucho tiempo buscando, subiendo y bajando escaleras (dos de los ascensores no funcionan y los demás no dan abasto), deteniéndonos en cada rellano y llamando a todas las puertas. Traemos el ánimo dispuesto para la fiesta, con nuestros disfraces de rigor -aunque ahora algo deslucidos-, y el maquillaje de algunos descompuesto por el sudor. He visto hace un momento un par de diablos de afilados cuernos y tridente en mano; una colombina encorvada por los años; varios mendigos inverosímiles por su pulcritud; una sirena que avanzaba a saltitos sujetándose de las paredes, con estrellas de mar doradas prendidas en el cabello; un Napoleón demasiado alto y delgado, con flequillo artificial; uno con disfraz de tigre; una gallina inmensa y colorada, toda hecha de trocitos de trapos cosidos; un marciano de papel de estaño; tres dráculas incapaces de asustar a nadie, a pesar de sus colmillos ensangrentados; un dromedario formado por dos hombres embutidos en loneta amarilla; y otros cuya originalidad destaca a pesar del desorden.

Yo vengo de pavo real, un disfraz maravilloso que confeccioné con mis propias manos, cosiendo una por una las lentejuelas verdes, ensartando las plumas y pegándolas fuertemente al cinturón; plumas muy caras, por cierto, y que me fue difícil localizarlas en el mercado; muy hermosas, con iridiscencias y tornasoles, y un enorme ojo azul en la parte superior. He perdido muchas en la confusión, otras deben habérmelas arrancado sin que me percatara, de modo que mi realeza se encuentra un tanto menoscabada, pero confío en que este incidente no influya negativamente a la hora de entrar a la fiesta. Tengo conciencia que mi disfraz no es el más idóneo para bajar y subir escaleras, con esta enorme y pesada cola me muevo con torpeza, y me veo obligado a ocupar casi todo el ancho de la escalera y los pasillos; si me retraso de los demás, debo colocarme de perfil, pegándome a una pared, para dejar paso a los que van con prisa, a los más ansiosos, a los que temen llegar tarde. Es muy sencillo seguirme al rastro, basta con ir recogiendo las lentejuelas verdes del suelo. Por ellas podríamos saber con exactitud qué plantas llevamos recorridas, qué pasillos andado en nuestra infatigable búsqueda.
Muchos invirtieron todos sus ahorros en disfraces costosísimos, recamados en pedrería fina y canutillo de cristal, bordados con hilo de oro y plata, rasos, sedas de la China, terciopelos exóticos, damascos y demás telas riquísimas; marquesas y reinas francesas, vírgenes de la guillotina, se pavonean emitiendo agudos grititos de zozobra, arrastrando sus faldas floreadas armadas con enormes miriñaques de alambre, soportando apenas en equilibrio las inmensas pelucas platinadas. Algunas señoras elegantes y poderosas se echaron encima todos sus brillantes, esmeraldas, perlas, zafiros y cadenas de oro, para estar a la altura de las circunstancias; y relucen como escaparates de joyería, o como árboles de navidad iluminados. Los más pobres (no existe la discriminación en las fiestas del Señor Scott), confeccionaron sus disfraces con sus propias manos, utilizando tejidos modestos o reformando ropas usadas. Tampoco faltan quienes, bien por falta de originalidad o de recursos económicos, recurrieron a disfraces alquilados; se les nota en la holgura, o en la estrechez, o porque tienen los puños y el cuello gastados por el excesivo uso; pero no los critico: cada uno hace lo que tiene a su alcance. Lo importante es asistir.
Las botellas de champagne y de vinos finos que algunos se sintieron comprometidos a traer, pronto se recalentaron, y no faltaron desaprensivos que se las bebiera directamente del gollete, sentados en las escaleras, abandonando toda compostura. Una tarta de crema y chocolate que alguien había traído, olía a rancio al cabo de unas horas de padecer tanto calor, y tuvimos que tirarla a pesar de la tenaz oposición de su dueña que argumentaba que la había hecho ella misma, siguiendo una receta de su madre.
Claro, como resultado de todo este ir y venir, ya se nos notan en el rostro los síntomas del cansancio y del agotamiento; subir y bajar escaleras es ardua tarea que pocos pueden sobrellevar con frescura. Ayer, sin ir más lejos, una mujer muy gorda, vestida de dama antigua, cubierta de costosísimos encajes de Bruselas, se descompuso en medio del recorrido, entre los pisos catorce y quince. Respiraba con dificultad, le aflojaron el corsé de ballenas, la despojaron de la enorme peluca empolvada, y entre cuatro la llevaron en volandas, desmayada, sujetándola por los brazos y las piernas, como un palanquín redondo y colorido, lleno de volantes, como una confitura gigante. Que yo sepa, no hemos vuelto a verla. Recuerdo su falso lunar en una mejilla. La peluca, la última vez que la vi, estaba tirada en un escalón, pisoteada.
Dormimos por turnos, en los corredores enmoquetados, o aprovechando los estrechos rellanos de cada piso; acurrucados descansamos un poco, apartando los disfraces y las máscaras para evitar un mayor deterioro, mientras los demás siguen buscando y preguntando en cada uno de los doscientos sesenta apartamentos del inmueble.
Algunos propietarios se molestan cuando los despertamos en mitad de la noche con insistentes timbrazos; abren la puerta, asoman su cara somnolienta, y muestran un gesto de profundo desagrado cuando les preguntamos si ahí donde vive el Señor Scott. Muchos nos dan con la puerta en las narices, nos insultan acordándose de nuestros muertos. Nuestro anhelo es superior que la prudencia, e incluso que nuestro amor propio, y hacemos oídos sordos a los agravios.
También nos turnamos para salir a comer, vamos a la calle a tomar un tentempié frugal, que no entretenga demasiado. Acaso es el momento de mayores incomodidades: cuando entramos en un bar, la gente nos mira desconcertada, sin entender el motivo de nuestros vestuarios y maquillajes, pensando que a lo mejor somos actores escapados en el entreacto; o huidos de un manicomio. Hay risas y comentarios solapados, y miradas de soslayo. La vez que fui a un restauran y me acerqué al camarero, noté la forma en que reprimía la risa mientras me indicaba mi mesa. A la hora de sentarme a ella, tuve dificultades: mi cola barría el rostro de los comensales de las mesas vecinas, los caballeros protestaban y las damas permanecían boquiabiertas... perdón... perdón... Pero, en el fondo, admiraban mis plumas multicolores, y si hubieran conocido que mi atuendo respondía a una invitación del Señor Scott a una de sus célebres fiestas, se habrían puesto verdes de envidia, más verdes que las lentejuelas de mi disfraz.
Lo malo de esta búsqueda es su falta de orden y concierto. Si hubiéramos ido apuntando desde el principio los pisos por los que hemos pasado y las puertas a las que hemos llamado, y nos hubiésemos trazado un plan cuyo itinerario hubiera sido en orden ascendente desde los pisos más bajos a los superiores, ya hubiéramos dado con la fiesta.
En muchos de los apartamentos nos trataron francamente mal, lo repito, y desde entonces ya no llamamos a esas puertas, alguien se encarga de hacerles una cruz con tiza blanca; creo que es un señor bajito disfrazado de turco, con un enorme alfanje a la cintura y un gorro rojo en forma de cono truncado, cuyo remate es una borla dorada; este hecho denota una cierta inclinación al orden. En otros nos reciben con desconcierto, sin comprender del todo el motivo de nuestra presencia en el edificio, pero procuran ser amables e informarnos en lo que pueden. Un grupo decidió, en un arranque de sentido común, marcar también las puertas en las que somos bien recibidos; lamentablemente, estas marcas son idénticas a las otras, las que ejecuta el señor vestido de turco, y ahora la mayoría de las puertas presentan una cruz de tiza; la confusión es enorme.
Nada nos decepciona, continuamos preguntando a las personas con quienes nos cruzamos en las escaleras; muchas de ellas, a su vez, nos preguntan lo mismo: son los que siguen llegando a la fiesta del Señor Scott y se unen a la búsqueda. Todos coincidimos en este edificio: en las invitaciones lo pone muy claro: "Está usted invitado a mi fiesta, Calle del Pez, número 8". Firmado: "Señor Scott", pero nadie parece responder a ese nombre, casi todos los residentes del inmueble niegan conocerlo. Por su parte, el Señor Scott cometió un grave error al omitir -involuntariamente-, el número de planta y la letra de su piso.
Las sugestivas frases que figuran al dorso de la tarjeta nos obliga a continuar las pesquisas; nunca una fiesta prometió tantas sorpresas. A pesar que la mayoría de nosotros somos juerguistas profesionales -y esto implica la asistencia a multitud de fiestas fastuosas-, no podemos desperdiciar esta oportunidad cargada de promesas.
De hecho, sabemos de oídas, que las fiestas del Señor Scott son divertidísimas, que duran varios días, y en ellas nunca falta de nada, tampoco su febril actividad decae en ningún momento. Son muy famosas en la ciudad. Quienes tuvieron la suerte de asistir a ellas así lo afirman, y están dispuestos a jurarlo, a pesar de la tristeza que los invade al evocarlas. Se sabe que una vez que se ha estado invitado a una fiesta del Señor Scott, no se volverá a repetir esta oportunidad jamás; y que la entrada es con invitación rigurosa -también lo pone el reverso de la tarjeta-. A quienes asistieron, el resto de las fiestas les parecen insulsas y aburridas, o sufren depresiones al añorar aquella. Por otra parte, el Señor Scott no parece tener domicilio fijo, se traslada constantemente, o bien nunca organiza sus fiestas en el mismo lugar: unas veces son al aire libre, otras en pisos -como en esta ocasión-, pocas veces en salones alquilados especialmente.
Pienso (y cada uno de los aquí presentes hace lo mismo, aunque no lo manifiesta), que el Señor Scott debe ser inmensamente rico para permitirse estas lujosas fiestas con tanta frecuencia, y su bondad debe ser enorme, mucha la filantropía y el sibaritismo que lo mueven a invitar a desconocidos sin reparar en ningún tipo de gastos; no sólo se come y se bebe hasta la saciedad; además, hace costosísimos regalos: relojes y plumas de oro para los caballeros, sortijas y gargantillas de brillantes para las damas. Y no incluyo aquí los premios de las tómbolas, charadas u otros juegos que organiza, y que constan de: viajes alrededor del mundo, cruceros, casas en la costa francesa, coches de marca, etc.
Dicen que el Señor Scott escoge a sus invitados al azar, abriendo la guía de teléfonos por cualquier página y señalando un nombre con los ojos cerrados. Si así ocurre, quienes no figuran en sus páginas nunca podrán aspirar a semejante fortuna; ya que recibir una invitación a una de sus fiestas es como ganar a la lotería, como ser agraciado con un premio único en la vida. Por todas estas razones, es una verdadera pena que no podamos encontrar su piso.
Ayer, en determinado momento, oímos música bailable proviniendo de uno de los apartamentos. De inmediato salimos todos corriendo escaleras arriba, con el rostro iluminado de dicha, y llamamos a la puerta reiteradamente hasta que nos abrieron. La niña que salió a recibirnos dijo no conocer a ningún Señor Scott, que ésa era la casa de sus padres, que su madre estaba oyendo un disco y no se estaba festejando nada. De más está decir que la decepción sufrida fue enorme, y que muchos se sintieron verdaderamente abatidos y estuvieron a punto de abandonar la empresa. De hecho, hubo alguna que otra deserción (personas pesimistas que llegaron a negar la existencia del Señor Scott). En cierto modo es preferible que esa clase de gente haya desertado, de haber asistido a la fiesta la hubieran desacreditado con su incredulidad.
Por fin, en uno de los apartamentos de la planta diecisiete, hallamos una fiesta. Allí nos recibieron con agrado y nos unimos a los juerguistas que al vernos llegar, nos ofrecieron de inmediato bebidas y canapés, sacaron a bailar a las damas y se mostraron encantados con los disfraces. Pronto descubrimos que era una fiesta falsa: un simple cumpleaños precedido por una tarta con velitas azules. No tenía parangón con las magníficas fiestas que ofrece el Señor Scott. Nos retiramos de allí, no sin antes manifestarles a los anfitriones nuestro disgusto y desengaño. Además, en esa casa me arrancaron varias plumas y perdí unas cuantas lentejuelas mientras bailaba un vals.
De vez en cuando, cuando se hace evidente el deterioro de los maquillajes y los disfraces, recurrimos a quienes nos reciben bien, y les pedimos permiso para pasar al servicio a retocarnos, pues no querríamos aparecer en la fiesta con semejantes trazas, no es digno de nosotros, y el Señor Scott podría sentir herida su fina sensibilidad al vernos así, y revocar la invitación. Si esto ocurriera, sería insostenible para muchos; nuestro entusiasmo por asistir es vital. También pedimos amparo cuando alguien se desmaya, agotado por el hambre o la fatiga, y lo dejamos un par de horas en la primera cama que nos brindan hasta que se recupere y pueda continuar. Por ejemplo: esta mañana, sobre las once aproximadamente, se desvaneció un caballero alto, elegantemente vestido debajo del disfraz de jirafa, subimos con él a cuestas varias plantas hasta llegar a la undécima "6", donde vive una pareja de viejecitos muy amables, que a menudo nos presta su ayuda; la razón de esta bondad es fácilmente comprensible: ellos se conocieron y enamoraron en una fiesta del Señor Scott, hace muchos años. Durante horas permanecimos escuchándoles, azorados, con los ojos húmedos por la emoción, con un nudo en la garganta, embelesados, mientras relataban la historia de aquel evento. También ellos también se conmovieron con el recuerdo, y describieron la fiesta robándose adjetivos el uno al otro. Luego exhibieron ante nuestros ojos atónitos las joyas con las que habían sido obsequiados, sin ocultar su orgullo. Hubo un momento en que se acordaron de las fotografías, sacaron un álbum de un cajón, lo abrieron y comenzaron a mostrárnoslas sobrecogidos. Eran las imágenes de la fiesta; lamentablemente, un poco desvanecidas por el tiempo, apenas se adivinaban siluetas de gente llevando máscaras y un par de disfraces, uno de ellos un pavo real, como yo. Ahora comprendo su especial interés por mí.
La inquietud es enorme. Naturalmente los nervios están tensos, no faltan los roces y las discusiones, aunque siempre acaba imponiéndose la razón ante el mero hecho de la posibilidad de la fiesta y sus delicias. Si no fuera por estos pequeños inconvenientes, la busca, aunque dura, no resulta dolorosa y abarca matices agradables, incluso me atrevo a creer que forma parte de la fiesta en sí, pero que no sabemos disfrutarla.
Todo este ir y venir, este frufrú de encajes deslizándose por escaleras y corredores, estas voces ahogadas por el cartón piedra de las máscaras, estos murmullos y a veces algarabías, pitos y matracas, evidencia nuestro ánimo y buena disposición para la fiesta. La esperanza de hallarla no decae y el optimismo reina en cada uno de nosotros.
Recomponemos los disfraces, retocamos los maquillajes y las máscaras para que todo tenga la apariencia de brillantez y encanto necesarios para asistir; no nos gustaría decepcionar el Señor Scott y que nos impidiese entrar, son tantas las ilusiones puestas en la fiesta, aunque sea la mejor y última en nuestras vidas, y con su magnificencia nos impida disfrutar de otras menores. No nos importa, no podemos perder esta maravillosa oportunidad, este albur.
Ahora bien, no todo es pura algarabía y esperanza. Hay en lo más profundo de cada uno de nosotros una partícula de dolor y desencanto. Cuando nos cruzamos en las escaleras y las miradas coinciden, los ojos se detienen un instante en otros ojos. A través de máscaras y maquillajes vemos un brillo de lentejuela en la pupila ajena, y en su fondo húmedo una duda flotando: hallar por fin la fiesta y descubrir que ha terminado. 
@ Norberto Luis  Romero 2017

viernes, 10 de marzo de 2017

Para que no entren las gitanas (Cuento)



Mi madre bajará enseguida al pueblo a hacer las compras.

Oigo cantar los pájaros de entonces igual que ahora, mientras me miran como bicho raro todos estos desconocidos que lagrimean dentro de sus trajes y vestidos negros y me consuelan como si yo fuera aquel con veinte años. Se fue sin darse apenas cuenta, me dicen, y no les hago caso.

Nene, me voy ha hacer las compras. Le respondo que bueno, que no me moveré de casa y oigo sus pasos alejarse por el pasillo, enseguida los siento en el patio y luego oigo la puerta de calle abrirse, chirriar el cerrojo oxidado y el clac del pasador para que no entren los perros callejeros que pisotean y destrozan todo: la quinta y las flores del jar­dín. También para que no entren las gitanas a robar, porque se lo lle­van todo y después lo venden en otros pueblos.

Me asomo a la ventana de mi dormitorio y veo a mi madre perderse en la curva del camino. Hay pensamientos en el antepecho de mi ven­tana, amarillos como el sol que se suspende sobre las sierras. A lo lejos veo el río plateado y silencioso, semioculto entre los matorrales, bordeado de sauces y de plátanos orientales. Oigo los gritos lejanos de unos niños y los veo aparecer caminando en fila india por el medio de la calle. Llevan ramas y palos que agitan como espadas. Miran Salen corriendo entre carcajadas y desaparecen de mi vista.

Hoy hay silencio de pájaros asustados y ocultos en los nidos. Hoy los niños que pasan están serios, miran con curiosidad hacia la casa, hablan en voz baja, se dan codazos y señalan el porche lleno de coro­nas de flores y vecinos oscuros. También pasan las gitanas, las de múltiples polleras encimadas, las mismas de siempre, en grupo de cuatro o cinco, arrugadas y curtidas, las que duermen dentro de col­chones enrollados, las que vienen con cada primavera y acampan en el potrero que está junto al arroyo. Hablan un idioma desconocido y misterioso, se llevan la ropa que está tendida al sol y roban los niños. Pasan por la puerta de casa, cargadas de anillos y cadenas de oro y recelando de los lutos y de las flores. Hoy no ofrecen la buenaventura, pero miran con codicia los candelabros plateados, los anillos de los deudos, las medallas de las mujeres porque el oro reluce sobre el color negro.

Llegué a tiempo antes de que se la llevaran. Traía como contraseña un telegrama arrugado y manchado de lágrimas "Mamá grave. Ven pronto". Pude verla antes de que sellaran el ataúd esos señores oscu­ros. Tal vez no fuera mi madre como decían, podría haber sido una vecina, otro pariente o bien un muñeco de cera enflaquecido y viejo. Igual que todos esos muñecos envejecidos en trece años de ausencia.

Y mientras tanto yo usurpaba los portarretratos a otros familiares: desde Toledo, desde Segovia, Santiago de Compostela. Durante largos años me fui apropiando de los portarretratos robándoles el sitio a mis hermanos y a mis abuelos. Encima de cualquier mueble estaba yo son­riendo desde España aquí, en Santa María. En este valle de Córdoba.

"Mamá grave. Ven pronto". Rostros más viejos y encanecidos, niños que ahora son casi hombres. Lágrimas de ausencia y cirios en la habi­tación, en este dormitorio lleno de sol donde yace este cuerpo que quise, ahora pálido y desconocido, con los ojos cerrados para ocultar la muerte que anida en sus pupilas apagadas. Y llegan Doña Rosita y otras vecinas, cargadas de ramos de claveles y de gladiolos, como si fueran antepechos de ventanas. Tardan en reconocerme, lloran y mienten diciéndome que estoy igual que siempre, igual que cuando me fui a vivir a España. Y me preguntan si la madre patria es como dicen, si vi toros y andaluces bailando con castañuelas. Sólo les digo que en Madrid hay balcones saturados de geranios. Me preguntan tam­bién si hay castañas y les respondo que sí, pero que hay que comprar­las, que no están en los árboles de las casas como me decía la abuela. Y se callan por respeto a la muñeca de cera, para no despertarla. Es cuando se produce un silencio remoto; un silencio matutino de venta­nas abiertas con el alféizar preñado de sábanas blancas ventilándose

al sol, de suelos recién encerados, de alfombras recogidas en el por­che»

Frente a la cama de la muerta está el ropero cerrado. Sé que en uno de sus estantes está la caja de las fotos, igual que hace años, con al­gunas nuevas agregadas. Esas viejas fotos, fechadas en el reverso en al­guna ciudad española, siempre atesoradas en la caja de zapatos. Descubro que en este valle todas las mañanas de primavera son, iguales, aunque hayan transcurrido trece años y miles de kilómetros me sepa­raran de este sol.

Acerco una silla a la ventana y me trepo encima. Me gustan los chicos que juegan en el potrero con varas de árbol, que se tiran con bolitas de paraíso, también a las gitanas, aunque les tengo miedo. Me reclino en la ropa que se orea entre clavelinas, pensamientos y uñas de gato y me adormilo mientras mi madre está en el mercado o en la panadería haciendo las compras» En su ausencia voy hasta su dormitorio -a este mismo dormitorio donde el olor de los gladiolos y los claveles apuñala la mañana- cubos macizos de sol fragmentan; el espacio y llenan el aire de un polvillo inquieto que se agita y revo­lotea con cada movimiento que hago. Abro el ropero, las puertas están: sin llave. El sol da en la ropa blanca acumulada en los estantes y me deslumbra. Un olor a jabones invade el cuarto de espumas y pun­tillas. Hay manteles bordados por mi hermana y mis tías solteras, hay pilas de toallas, servilletas con manchas de durazno latentes que apa­recen en cada primavera, camisones aún vírgenes, pañuelos con mis­teriosas iniciales bordadas con cabellos del novio, calzoncillos antiguos sin estrenar, hechos con blanca y almidonada tela marinera. Hay cajas semiocultas por la ropa que guardan documentos, cartas con viejas estampillas de España con la efigie de Franco. Abajo, en un rincón, la caja de las fotos. Llena de desconocidos y de parientes engominados, iguales a estos otros, también en blanco y negro, que ahora deambulan por la casa con el semblante trasnochado, oliendo a anís, sudor y tabaco.

Vinieron de todos los rincones para ver a la muerta de quien ya se habían olvidado, todos juntos y mezclados como en la caja de .las fo­tos, posando alrededor del ataúd, rígidos como el papel amarillento, desvaídos por el tiempo, con un telegrama arrugado entre las manos: "Paquita grave".

No debo abrir la caja de las fotos porque dentro están los muertos de papel, pero la destapo y escapan de ella los parientes, se asoman desde los rectángulos amarillentos y manoseados y me preguntan: Qué tal Europa, nene. Y les cuento que en España también hay gitanas cargadas de cadenas de oro y que se llevan los niños. Esas presencias rígidas quieren entrar en la habitación y esparcirse como rayos del sol. Para pasar presenten la contraseña: un telegrama, Texto: "Paqui­ta grave". Pase. Un abuelo, una abuela, siete tías disfrazadas de cons­telación en unos carnavales, trajeadas de estrellas y con coronas de papel plateado hechos con envoltorios de chocolates. Otro abuelo. La contraseña. Pasé. Y muchos primos y primas que se asoman del papel tímidamente, con los ojos muy abiertos, asustados, casi ignorando cual es la contraseña, intimidados por este cajón oscuro rodeado de ci­rios. Los dejo entrar a todos y los pongo sobre la cama, en fila, abar­quillados y con los bordes sobados, vestidos con esas ropas de inmigrantes, miserables, cansados, envueltos en miserias gallegas y asturianas y llenos de remiendos hechos con trozos de Argentina. Madres llenas de hijos, sirvientas y costureras ojerosas cosiendo, in­cansables, bajo la luz mortecina de la lámpara de kerosén. Señores circunspectos con bigotes peinados en forma de manubrio invertido. Trajes para posar, trajes de casamiento en aldeas de Galicia. Quieren moverse, evadirse de la cárcel rectangular y esparcirse por la habita­ción, llegar al puerto y curiosear esta ciudad llena de plata y también dentro del ataúd, igual que curiosean éstos de oscuro traje que se api­ñan en los rincones tomando café y ginebra. Pero estos miserables de papel ignoran la contraseña, sólo traen ilusiones, no tienen telegramas en los bolsillos. Igual los dejo entrar, como lo hacía durante las tardes -aburridas de lluvia, para que poblaran de risas los días invernales, con sus boquitas en forma de corazón y sus sombreros con forma de escu­pidera... Y ellos me cuentan, me hablan desde una memoria que no me pertenece, desde la memoria de los muertos amarillentos como el ros­tro de aquella que ahora yace entre gladiolos y retamas.

Señorita. Le hecho la buenaventura... aquí en la mano veo un barco en el que se deslizan por cubierta fantasmas españoles en tercera clase, pescadores y campesinos, con los ojos azules y hundidos por el hambre y por la guerra. ¡América! Bultos de ropa y valijas de cartón con cantoneras de lata, atadas con piolines anudados, para que no se salgan fuera las miserias de Franco ni los muertos. Relicarios de la Virgen de Covadonga, herramientas de campo ya gastadas de tanto afilarlas, madreñas para andar por el barro, inmensos baúles de made­ra, igual que este cajón tan relumbrante. Pupilas gastadas y opacas de ver tanta pobreza, Músculos formados en el alba temprana de los campesinos. ¡América!

Una reja inviolable separa las clases más altas de la tercera: seño­ras con sombreros de raso y terciopelo, camafeos aprisionando los cuellos, oro y marfil en las manos blancas. Miran a mi abuela y le hacen señas, la llaman y a través de la reja y le preguntan si necesita trabajo, que se dirija a la casa de la señora de Uribarren, y le da una tarjetita. Pobre, parece tan buena persona, con cara de honrada, trabajadora, y que va tan limpia. Usted, la del niño en los brazos, cómo se llama. Adelina. ¿Y el niño? Alberto. Bueno, cuando llegue a Buenos Aires vaya a la dirección que le di. Tan buena señora, tan rica, tan fina, blanca y delicada...  

También estoy yo sobre la cama, cuando era pequeño, junto a mi hermano, mi hermana y la muñeca de cera, los cuatro posando alrede­dor del muñeco de nieve, la única vez que nevó en este valle. Me miro en el espejo. Ahora mi cara es diferente, aquella de la foto parece la de un desconocido: más redondita, con las orejas separadas y los dien­tes enormes. Miro al abuelo: él también era orejudo y flaco, con los ojos hundidos como los míos, hundidos como de ratón asustado, como de muerto. Cuidado con las gitanas que lo roban todo. Y cierro la caja mientras sueldan y martillan el féretro los señores circunspectos y os­curos. Cierro también la puerta de calle y hecho el pestillo. Me arre­piento y compadezco de tantos pobres diablos y vuelvo a levantar la tapa, para verla por última vez, pongo la escalinata para que bajen. ¡América! Qué ciudad tan grande, esto no es como La Coruña, ni como Rivadavia, allí uno mete la mano en la orilla del mar y coge un centollo, y las castañas se dan en los árboles de la calle, y no hay más que asarlas y comerlas calentitas. Aquí todo es tan caro... no hay rías caudalosas, sólo este pequeño río gorrino y sucio con infinidad de iri­discencias de petróleo.

Muchos metros de tela blanca almidonada para hacer calzoncillos para los marineros, mucho que trabajar a la luz de la lámpara de ke­rosén. Tres centavos la pieza. Las ocho hijas mujeres inclinadas sobre las agujas y los hilos blancos, blancas las manos de almidón marinero. ¡América!, y España tan lejana... tal vez algún día. Pero en las líneas de la mano no hay viajes con barcos que regresen, tampoco hay oro ni riquezas, sólo hay sábanas oreándose en las ventanas, entre las flo­res de los antepechos y entre cirios, reventando en los rincones, meti­das a presión en los floreros, las mejores sobre el cajón, coronado la cabeza de la muerta que me ignora desde el otro lado del cristal ova­lado, metida en su mortaja bordada por siete hermanas entre nubes de almidón marinero. Flores que me trae Doña Rosita sin pedirme nada a cambio. Dios la tenga en su gloria. Ella que era tan buena. Cuánto hace que vive en España. Trece años. Y no la llegó a ver con vida. No. ¡Ay! Por Dios, que desgracia m'hijito.

Y estos desconocidos que surgen de entre las flores y entran por puertas y ventanas, qué emergen desde los rectángulos de papel arqueado, me miran, me consuelan y me preguntan quién soy. Soy el hijo de Paquita, la que era hija de la asturiana, el nieto de Adelina, la gallega. Ay señora, cuanto desvanecimiento en estas fotos viejas, y se colocan todos en fila, para descender del barco hacia la cama pero... ¿y el regreso en las líneas de la mano? No hay viajes en esta mano niña. Ho hay regresos. Sólo un minúsculo exilio muy lejano, como una figura repetida en un espejo, como si fuera un sueño cum­plido por terceros, un sueño desplazado en el tiempo, sin barcos ni marineros vestidos de almidón. Un viaje por el aire para ir a recoger castañas y centollos, volando para regresar a tiempo y poder ver una muerta blanqueándose al sol y cerrar bien la puerta de calle para que no la roben las gitanas.

Norberto Luis Romero © 2017




sábado, 4 de marzo de 2017

Joyas (cuento)





No es fácil buscar joyas, hay que tener un sentido muy fino del oído para detectar el choque del rastrillo con un pequeño objeto metálico. No siempre son anillos o pendientes lo que pierden por los sumideros de las bañeras y de los lavabos los habitantes de la superficie iluminada; se encuentra de todo: tornillos, lápices de ojos, horquillas, pinzas de depilar, pequeños cepillos y pinceles para el rimmel, baratijas de metal dorado y vidrio y, sobre todo, preservativos, infinidad de ellos flotan en la aguas como burbujas blancas, con un nudo para aprisionar el semen, como relicarios custodiando un instante de amor estéril.
Entre toda esa basura, a veces, llega una verdadera joya: una sortija de oro, un broche con piedras finamente engarzadas, alguna perla extraviada del collar, un gemelo con iniciales ahora anónimas, crucifijos de plata.

Las piedras brillan en el lecho de las cloacas cuando el agua no es muy profunda y oscura, emitiendo un ligero destello, fugaz como el de los ojos de las ratas cuando acechan desde sus madrigueras. Al oro se lo detecta por el ruido diáfano que produce al engancharse en los dientes del rastrillo, y a la plata por su tacto liviano, por su fragilidad. A las joyas falsas, simples imitaciones, los buscadores las arrojan de inmediato a las cloacas más cudalosas que van a dar al río.

Es laborioso buscarlas. En el plano más alto hay un poco de claridad que se filtra por las bocas de las alcantarillas; pero en las cloacas inferiores la oscuridad es total y existe una bruma invariable; un vaho penetrante y caliente que se desprende de las aguas servidas. Los buscadores se ven obligados a guiarse por el tacto, el oído y el olfato. La rutina de habitar en estas profundidades, les crea un sentido muy delicado de la orientación que desarrollan desde pequeños, se les inicia con el trabajo y se les agudiza cuando comienzan a perder la vista.

Ciertas rugosidades y depresiones en las paredes, humedades más o menos intensas que se detectan en el aire, desniveles en los suelos y techos, algunos estrechamientos e inclinaciones, conforman los indicios necesarios para dominar esas galerías; para conocerlas con precisión a pesar de la oscuridad. Del mismo modo se guían las ratas. Luego hay olores que, si bien son permanentes, son también diferenciables: acritudes y hedores penetrantes que les señalan el camino a seguir, un peligro inminente, la proximidad de un nido de ratas, el acecho de algún otro buscador que se ha introducido en territorio ajeno. Hay ruidos agigantados por el silencio, ritmos de gotas horadando implacables el cemento, líquidos que se deslizan como minúsculos ríos verticales y que las ratas atraviesan con un chasquido seco de relámpago. Y está el agua, esas aguas eternas que fluyen en caudales mínimos o enormes, que se estancan pudriéndose, que se arremolinan o avanzan hacia la luz produciendo ese murmullo constante que los va guiando en el rastreo, y que guarda las joyas en su lecho, entre el cieno espeso. El agua, la humedad se les cala hasta los huesos y la oscuridad los envejece prematuramente, porque allí los días y las noches apenas si se diferencian, transcurren produciéndoles esa palidez y esa ceguera paulatina que los convierte en topos, o en ratas, que aparecen luego en las pesadillas soñadas por los que habitamos bajo las luces de las ciudades.

Nunca vio el sol. Las cloacas constituyen su ciudad y en ellas se maneja con la misma naturalidad con que lo hacemos quienes vivimos en la superficie. Nosotros nos desplazamos por calles y avenidas, entramos a las tiendas, nos sentamos en los bancos de los parques a tomar el sol, nos extasiamos ante un escaparate, disfrutamos con la luz y el aire diáfanos. Pero para ellos, los buscadores de joyas, toda esa intrincada red de túneles horizontales y verticales, ese inmenso hormiguero poblado de aguas, escalinatas, rampas y pasarelas, no entraña ningún secreto. Allí viven, trabajan; entre esas paredes húmedas y ennegrecidas se alimentan y aman. También allí mueren, y es cuando ven la luz del sol, arrastrados desde las tuberías caudalosas hacia un desagüe, flotando luego en la superficie de un río. 

Lleva varios días con esa herida en el lado izquierdo, ahí abajo, entre las últimas costillas. Apenas le duele, sólo cuando quiere incorporarse para blandir el rastrillo y ahuyentar las ratas que se le acercan atraídas por el olor de la sangre y de ese líquido amarillento y denso que fluye de ella. Tampoco es muy profunda, es de cuchillo, pero tuvo mala suerte. Si no se le hubiera infestado ya hubiera cicatrizado, y las ratas no lo acecharían hambrientas, mirándolo agazapadas desde sus escondrijos, con los ojos resplandecientes como piedras preciosas, centelleando de un lado a otro en la sombra, apareciendo y desapareciendo furtivamente por las tuberías oxidadas.

Lleva tres o cuatro días sin probar bocado. Puede hacer el cálculo a pesar del sueño y la fiebre que por momentos lo abrasa y consume, amenazándolo con hacerle perder el sentido. Resiste: no puede quedarse dormido, tiene que mantenerse siempre vigilante, con el oído atento; porque el oído es muy útil, aunque también fácil de engañar. Debe prestar mucha atención a los sonidos, saber apreciarlos; pero el eco, en cambio, lo confunde todo. Saber diferenciarlo es esencial para sobrevivir. A veces, una gota que cae intermitente y monótona, va acompañada de cientos de ecos que se superponen ahogando el verdadero ruido, aquel que le interesa. Otras, un exiguo sonido metálico puede ser valiosísimo, podría depararle el hallazgo de un objeto precioso; o, por el contrario, anunciarle un peligro inminente: ratas enfurecidas o la navaja traicionera que busca el vientre. Un eco proveniente de la derecha, puede distraer de la verdadera fuente de origen, que suena en el lado opuesto. El eco confunde las galerías, multiplica como espejos sonoros las cañerías y las aguas, desvirtúa las proporciones y distancias de los túneles, propone salidas engañosas.

Desde donde se halla, al fondo de una cloaca estrecha por la cual hace tiempo que no circula agua, puede distinguir, a lo lejos, la intersección de otras dos galerías. Una de ellas, con aguas poco profundas y turbias; la otra, que arrastra cieno espeso, tiene a pocos centímetros de su superficie, una calzada estrecha por donde entrevé el ir y venir de las ratas. Vigila sus ojos como relámpagos, moviéndose enfebrecidos como estrellas fugaces, y los cuerpos pardos echándose al agua, chillando y mordiéndose entre ellas. Sabe que el sabor de la carne de rata es dulzón, tanto como el olor que despide su herida cuando la desnuda.

Por momentos distingue con vaguedad, inmerso en la somnolencia de la fiebre, la silueta sigilosa de alguno de sus compañeros que arrastra el rastrillo, de atrás a adelante, una vez y otra, pertinaz, incansable, con movimientos delicados, certeros, acariciando el fondo turbio del agua. Han comenzado a rastrear en sus dominios, y lo saben. Hace días que no lo ven ni lo oyen, e intuyen que puede estar herido, inmóvil en algún agujero, recluído como una rata asustada en un rincón umbrío. Pero tienen la seguridad de que aún está vivo, porque no hay olor a cadáver flotando en el ambiente.

Le inquietan más las ratas que los hombres. Ellas tienen el olfato más agudo, y una enorme atracción por el olor de su herida. Se queda quieto y silencioso hasta que los otros se alejan. Herido como está no podría defenderse, le robarían las joyas que tan celosamente tiene ocultas.

Sabe que no tardarán en comenzar a buscarlo. Como las ratas, ellos ya están en los límites de su dominio, en las fronteras que ninguno respeta y que a menudo son motivo de reyertas y disputas a muerte. Por defender las suyas se encuentra es ese estado: tumbado en ese nido hecho de trapos y cartones, sin poder salir a buscar joyas, ni siquiera comida, abrumado por el dolor de la herida y por la fiebre.

Allí nadie carece de heridas, de mordeduras de rata, de cortes de navaja. También tiene las suyas: tres son de navaja; la que atraviesa en diagonal la cara es de cuchillo; esas pequeñas que le salpican todo el cuerpo son mordeduras de rata. A menudo los muerden, pero difícilmente los devoran como los buscadores hacen con ellas cuando el hambre los acucia. Hay excepciones: si la víctima está muy borracha o enferma, debilitada por la fiebre. Por eso les teme: hace días que no dejan de rondarlo, olizqueando el aire con asiduidad, alzando el hocico tembloroso que muestra unos incisivos afilados, acercándose atraídas por el bálsamo de su herida abierta. Durante días vigilan sus movimientos en espera de un instante de debilidad o de sueño. A veces, al verlo tan quieto, lo suponen ya muerto y avanzan con prudencia. Con gran esfuerzo enarbola el rastrillo, las ahuyenta, y procura también ensartar a alguna en los dientes para procurarse algo de comer. Pero son más rápidas que su brazo, y se escabullen dejándolo sudoroso y hambriento. Hace un par de días despertó con un dolor agudo en un brazo. Una le había mordido, otras husmeaban su herida con frenesí. Desde entonces, cuando siente que está próximo a dormirse, se envuelve en trapos y hace un muro con cartones y trozos de madera.

Cuando uno de ellos muere, los demás de enteran de inmediato por el olor que se propaga por la galerías, extendiéndose y ramificándose por las arterias. Basta seguir su intensidad: abajo, a la izquierda, arriba, por el canal superior, de vuelta a la izquierda... siempre se da con el cadáver, generalmente cubierto de ratas que prefieren sucumbir a los rastrillos que abandonar su presa. Después, sus compañeros hacen desaparecer el cuerpo arrojándolo a las cloacas más torrenciales que van a dar al río. Nadie investiga, porque existe temor a adentrarse en esas oscuridades, de la misma manera que a ellos les arredra la luz del día y las ciudades de la superficie. De éstas sólo saben que son el arigen de las joyas y de la comida de las ratas, y que de allí proceden también los tasadores que aguardan amparados bajo las arquerías del puerto, alternando con putas y contrabandistas.

No puede permitir que la fiebre y el sueño se apoderen de él, que las ratas claven en su carne los dientes afilados y roan hasta dejar su tesoro al descubierto, expedito a las miradas codiciosas de otros buscadores. Porque éstos ignoran que debajo de esas vendas y esa costra de sangre hay oro y plata, y lo matarán si no pueden hallarlas, luego lo arrastrarán enganchado a sus rastrillos hasta el vertedero, y lo sumergirán en el río de aguas negras,

Entre la oscuridad y el eco de las gotas cayendo sin tregua, a veces juega a adivinar la procedencia de sus joyas y a recordar aquéllas más hermosas que pasaron por sus manos. Imagina a sus propietarios y ve mujeres hermosas y el disgusto violento cuando desaparecen sus joyas tragadas por el sumidero. Ve manos blancas luciendo sortijas finamente labradas que un día serán suyas; puños impecables de camisa almidonados, apresados por ricos gemelos de oro con iniciales entrelazadas. Hay pendientes como gotas de agua tornasolada, apenas velados por un rizo rubio, cadenas de oro y plata... sabe que todas esas alhajas un día estarán en su poder, bajo esas vendas.

 Ahora se recrea adivinando qué rata lo morderá primero: si aquélla de afilados dientes y ojos deslumbrantes; o las otras, las que esgrimen puñales solapados y navajas de rudo acero. Cuando la fiebre le sustraiga los sentidos, lo asaltarán las pesadillas como cada noche; en ellas aparecerán los que habitan la superficie, se escurrirán por las cloacas agazapados como ratas, con navajas en alto, luciendo sus joyas más exquisitas. Se deslizarán vibrando por las aguas, o sumergidas y veladas por el cieno, con los rastrillos enarbolados, amenazantes y dispuestos a detectar el oro. Esas mujeres de manos albas y delgadas, con el hocico en alto, olfatearán el aire hasta dar con sus joyas, atraídas por el perfume de su herida. Inquietas y ávidas de su carne, desgarrarán con los dientes esas vendas para recuperar sus brillantes y sus perlas. Aparecerán en un destello como espectros de luz, chillando y mordiéndose entre sí, disputándose el olor dulce de su llaga; esas ratas de impecables manos ensortijadas para su mejor velada en las cloacas, con el cuello anhelando lucir sus cadenas y collares extraviados, removerán ufanas su herida con los rastrillos, escarbarán en ella separando sus labios hasta llegar al fondo y dejarlo exangüe de oro y plata. Claro que se defenderá, se ovillará con trapos sucios, cubrirá su cuerpo con cartones para que no lo descubran, les clavará los dientes y las uñas para que en esas tinieblas no se apropien de sus joyas. Y les gritará, les gritará que si lo despojan de ellas lo matan, que no quiere ver su cuerpo flotando, hinchado y reblandecido entre una multitud de preservativos, y su alarido resonará en las galerías oscuras, avanzará como un eco por las cloacas confundiéndolos; enceguecido e implacable como los ojos de las ratas, su grito recorrerá los canales bajo las aguas hasta surgir por las alcanta-rillas de las calles, reventando a la luz calcinante de la superficie.


© Norberto Luis Romero. Del libro "El momento del unicornio", Ediones Nobel, Oviedo, 1995 y Tropo Editores, Zaragoza, 2009