jueves, 10 de agosto de 2017

AGADHIR (Cuento breve)

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Las ciudades y los sueños

Efectivamente, existe Agadhir, la ciudad que muchos viajeros se esforzaron en omitir de sus crónicas, porque describirla es un reto a la lógica, o su sola mención se hace intolerable.
El enclave de Agadhir es ciertamente confuso; los escasos testigos de su existencia la situamos con cierta vaguedad, y hasta en lugares opuestos y contradictorios; la memoria, a la hora de hacerlo, parece traicionarnos. Unos aseveran que se encuentra más allá del gran río; otros, también muy dignos de crédito, al norte del reino de los hiperbóreos, próxima al abismo. Mi memoria, a pesar de su flaqueza, recuerda las playas de fina arena bañadas por la Mar Océana, en una de las innumerables islas que la conforman. Algunos coincidimos, en cambio, en su descripción edilicia; aunque, acaso, no lo hagamos con precisión absoluta; antes bien, la falta de comprensión de su trazado y arquitectura nos incita a fabular o a referirnos a ella con torpeza.
Para dar una idea de Agadhir, baste decir que sus habitantes tienen prohibido el uso del ángulo recto, pues lo consideran exclusivo de la divinidad, a quien representan bajo la figura de un cubo sostenido, milagrosamente, sobre un altar esférico que simboliza el demonio, el averno y las fuerzas ocultas. La línea curva está considerada como el producto de una mente demoníaca y desprovista de sentido común. Muchos fueron los acusados de herejía que perecieron en las llamas por haberlo usado en sus obras de arte o en sus construcciones. La forma en que podrían haber demostrado su inocencia era muy fácil: bastaba con que hubieran trazado una línea recta infinita en el suelo, en señal de arrepentimiento.
El vértigo es una consecuencia directa de su orden arquitectónico. Todos los habitantes de Agadhir lo padecen con la mayor indiferencia, como si no existiera, o incluso aceptándolo con alegría, como procedente del orden natural de las cosas. De más está señalar que, la cantidad de caídas y golpes que padezca un ciudadano, eleva considerablemente su rango social y categoría de virtuoso. De esta forma son muchos aquellos que se tiran al suelo de exprofeso, fingiendo haber caído; pero en cuanto se descubre su artimaña y mala fe, son considerados como arribistas y enormemente despreciados por sus conciudadanos, quienes, de inmediato, los condenan al ostracismo más flagrante.
Las familias ocupan su escala social según sea la arquitectura de la casa en la que habitan; así, aquellas con mayor poder, las ostentan con ángulos lo más alejados posible de los noventa grados. Algunas veces, en las viviendas y habitaciones de ciertos nobles, la entrada es casi imposible dado lo rasante de los muros, que se colocan casi horizontalmente por la agudeza de sus ángulos. La vida cotidiana entre esas paredes resulta intolerable para cualquier extranjero o para los pobres, acostumbrados a menores osadías arquitectónicas. Es fácil ver en Agadhir una multitud totalmente encorvada, como si cada uno estuviera continuamente buscando algo que se le hubiera perdido en el suelo; o bien inclinadas hacia un lado u otro, a punto de caerse. Muchos se ayudan con bastones, muletas u otros instrumentos ingeniosos a la venta en numerosas tiendas
Las mujeres de Agadhir son delgadas y angulosas, no exentas de cierta belleza; pero cuando llegan a viejas se doblan y encogen, convirtiéndose en pequeñas figuras retorcidas como sarmientos. Otro tanto les ocurre a los hombres. Claro que estas deformidades constituyen un alto distintivo social.
A menudo suceden desgracias en Agadhir: no faltan derrumbamientos a causa de la temeridad constructiva de sus casas y palacios, que desafían las leyes naturales de la gravedad, en los que perece toda una familia; esto los convierte en mártires y, desde ese momento, colocan sus imágenes en pequeños altares enclavados en las esquinas de las calles y avenidas principales, para que se les admire y rinda culto. Al cabo de un tiempo, engrandecidas por los mitos, esas estatuas son trasladadas a edificios importantes. Agadhir es una ciudad llena de mártires, cuyas figuras retorcidas adornan las plazas y los templos, y advierten a los ciudadanos sobre la grandeza del sacrificio divino. El cielo es visto como un inmenso cubo, donde los piadosos gozarán hasta el infinito de la presencia del ángulo recto.
Desde retoños los árboles son apuntalados, obligándoles a seguir un crecimiento inclinado para que no disientan con la armonía de la arquitectura; y su copa es podada con frecuencia para darles formas caprichosas y rectas, alejadas lo más posible del concepto de la esfera.

He conocido Agadhir, he estado en ella durante unas semanas mientras esperaba el regreso el barco que me devolvería a mi tierra de origen. No es una ciudad que pueda calificarse como desagradable, aunque tampoco podría decirse que es hermosa: su único calificativo es el de desconcertante, sobre todo por sus palacios y sus templos milagrosamente erguidos. Pero debo confesar que el vértigo me provoco tales náuseas y mareos, que debí permanecer en cama la mayor parte del tiempo. No obstante, desde una de las ventanas de mi cuarto, podía divisar los tejados retorcidos que parecían estar a punto de desplomarse sobre las calles. Afortunadamente, aquellas buenas gentes que me hospedaban eran humildes, sin rango social alguno; de modo que su casa y enseres no eran tan inclinados como los de las familias opulentas y poderosas.
Durante mi breve estancia en Agadhir, con esfuerzo enorme y la ayuda de instrumentos adecuados, realicé varios dibujos de la ciudad. Todos ellos tuve que destruirlos posteriormente, estando ya en mi casa natal, porque, cuando los mostraba a mis amigos y vecinos, eran invadidos por un ligero desvanecimiento, y me rogaban que los retirara de su vista.
Acompañado por un par de hombres jóvenes que me sostenían llegué hasta el puerto, me despedí de mis gentiles amigos, quienes me habían acogido en su casa, subí a mi barco y abandoné Agadhir, no sin una íntima alegría. A pesar de haber transcurrido tantos años, su recuerdo me provoca una leve malestar, y de inmediato debo alejarla de mi mente. No comprendo, incluso, cómo pude soportar su visión mientras escribía estas páginas.

miércoles, 2 de agosto de 2017

LES GRAPHILES (Francés)


Ce sont de toutes petites bêtes, guère plus grandes qu'un B majuscule, qui logent entre les pages des livres, se nourrissent de lettres, signes et symboles. Un nombre important de pseudo-docteurs en science d'écriture et d'imprimerie ont confondu ces innocentes petites bêtes avec le célèbre «champignon de l'encre»; mais ce dernier s'attaque a certains pigments sans tenir compte du contenu des textes: les champignons manquent d'intelligence et de détermination. Au contraire, les graphiles ont des goûts sélectifs. S'ils dévorent n'importe quel type de pigments ou d'encre d'imprimerie, leurs objectifs primordiaux sont diriges vers le contenu d'un texte et visent particulièrement les textes dépourvus de qualité.
Les graphiles sont si peu épais (à peine deux microns) et si translucides qu'ils demeurent imperceptibles à l'œil humain malgré la multitude de sujets présents dans un livre et même dans une seule page. Leur forme est variable: quand ils ont le ventre creux ils pourraient faire penser à une amibe dotée d'un petit air d'hippocampe; mais quand ils ont mangé ils prennent volontiers une coloration foncée et la forme de la lettre absorbée. Une fois repus et après avoir observé une petite sieste afin de faciliter la digestion de l'encre, ils se distraient en formant des mots et même des phrases pleines d'esprit et non dépourvues d'un certain cynisme. Ils ont un penchant pour les obscénités propices à effarer le lecteur et qui sont tellement brèves que ledit lecteur croit avoir été trahi par son inconscient. Bien que l'intelligence de ces petits animaux n'ait pu pour l'instant être démontrée scientifiquement, leurs nombreuses espiègleries prouvent de toute évidence qu'ils en possèdent quelque chose d'approchant. Sensibles à tout mouvement -grâce a leurs fines antennes qu'ils agitent vertigineusement- ils se sauvent promptement des qu'ils perçoivent le frôlement d'une main sur la couverture du livre ou le regard curieux du lecteur.
Le livre à peine ouvert à une page quelconque, les graphiles se sont déjà refugies vers d'autres pages poursuivant gloutonnement leur festin de lettres et de phrases entières. Et quand ils en ont fini avec un ouvrage ils passent derechef à un autre.
II y a des personnes qui ne croient pas à l'existence des graphiles. Ce sont, généralement, des ignorants ou des analphabètes. Mais quiconque possède une once de bon sens pourrait deviner leurs présence et ce malgré de grandes difficultés à les localiser quand ils ont l'estomac vide, à cause de la vélocité avec laquelle ils passent d'une page à l'autre (quasiment à la vitesse de la lumière). En effet, ils laissent des traces de leur passage dévastateur: de subtiles coquilles parqués parfois en deuxième ou troisième lecture. Sinon, comment expliquerions-nous qu'un auteur nous soit resté incompréhensible ou bien nous ait lassé et qu'au bout d'un certain temps, lors d'une nouvelle lecture il nous éblouisse par son charme? Cela m'est arrivé avec quantité d'auteurs; le contraire, également. Tout cela est, le plus souvent, l'œuvre des graphiles et de leur appétit démesuré.
Fréquemment, ils s'introduisent dans des manuscrits originaux et présentent une terrible menace pour leurs auteurs, dont les idées, affaiblies ou mutilées, se perdent á jamais. Des œuvres maîtresses en puissance demeurèrent à l'état d'ébauches pour cette même raison, et de nombreux talents ne se développèrent jamais et sombrèrent dans l'anonymat.
Il n’existe aucun procédé á ce jour permettant de les éliminer. Cependant, observons qu'ils détestent les mauvais livres et les détruisent. De sorte qu'ils mènent bonne vie dans les bibliothèques contemporaines et jouissent d'une belle longévité. La meilleure manière de se débarrasser d'eux serait d'éliminer les mauvais auteurs ou de privilégier les bons. Les graphiles éprouvent un religieux respect envers les classiques. Ils ne s'avisent jamais à les attaquer. Par bonheur pour eux la production littéraire est considérable, aussi ne manquent-ils pas de nourriture. II est évident que la plupart de leurs détracteurs ainsi que ceux qui nient leur existence se recrutent parmi les auteurs exécrables dont la production n'arrive même pas aux épreuves en placard puisque leurs manuscrits se transforment en pages vierges en peu de temps.
Leur penchant exemplaire pour la bonne littérature et leur prodigieuse mémoire défrayent la chronique dans les cercles littéraires, les conversations de café, réunions et vernissages. Ils se transmettent génétiquement, de génération en génération, les connaissances qu'ils ont accumulées tout au long de leur existence. Leur savoir est incommensurable; leurs goûts littéraires exquis; leurs jugements infaillibles et redoutables. Malheur à l'œuvre originale qui tombe sous leurs regards avides et sous leurs puissantes mandibules. Je connais nombre d'auteurs qui abandonnèrent l’écriture et quantité d'autres qui préférèrent en finir avec leur vie en s'ouvrant les veines plutôt que de leur résister. Mystérieusement, il existe des écrivains qui s'en trouvent protégés mais dont le temps, par bonheur, se charge d'engloutir leurs œuvres.
On ne connaît guère grand-chose sur l'origine des graphiles; les uns attribuent leur apparition a la génération spontanée, d'autres, a l'évolution des espèces, considérant justement que leurs prédécesseurs sont a chercher parmi le groupe des « champignons de l'encre», ou bien encore chez les calamars (cette dernière théorie étant controversée). On dit aussi qu'ils furent inventes par les auteurs classiques afin d'en finir avec les écrivaillons; en fait, il est évident que leur apparition coïncide avec celle de l'écriture comme le démontrent de très anciens documents grâce auxquels on peut détecter à l'aide d'un microscope des traces de morsures dues à de minuscules dents. Le fait est que les œuvres classiques nous sont parvenues intactes, telles qu'elles ont été conques, gardant toute leur beauté et vierges de toute attaque.
Ces simples et modestes p ges pourront témoigner ind niabl ment de la légendaire et redoutable voracité des graphiles et je pourrais même en jurer (et parj rer) qu'au bout de quelques jours, quand je voudrai les relire, je les trouverai toutes blanc .
Traduit de l'espagnol par Max Pons

martes, 18 de julio de 2017

A DREAM OF MANTISES


The feeling of houses once lived in, traipsed corridors, vaguely familiar rooms, checkered patios and square pergolas of flowers, gardens, and immense walls.  All these enclosures are familiar to me in dreams, but awake I know I was never in them.  There is, in particular, a very old--ancient--secondary school with enormous classrooms, many endless corridors and, what is even stranger to me, an immense attic or abandoned dovecot.        
He wanders through the garden.  Indolent, he follows the edge of the wall, stops beside pots of flowers and breaks off a rose, raises it to his nose and breathes its perfume deeply.  Far off bells resound.  It is eleven in the morning of an autumn day, a groping autumn, hot though just beginning.  A linnet crosses the sky and the child looks up as he lets the rose fall.  Bored, he goes into the abandoned fronton court and scrutinizes the mysteries of the worm-eaten plaster walls which expose glimpses of red brick.  He comes to the ruins of the old school and examines corners filled with refuse which he pokes through with a foot.  Weak rays of sun filter through empty spaces between the dislodged roof tiles.  Again he goes outside to the old gardens, long since abandoned, crosses a stone wall, and comes to the greenhouse, also in ruins, with broken pots and thousands of glass fragments covering the cold cement floor.      
I slip into the dovecot and hang from the rafters, swinging on one after the other, and hover before dropping onto piles of hay and old clothes.  I lie there half asleep as I gaze at the square of light outlined in the roof and listen to the cooing of white big-breasted doves.       
Where are they?  What are they doing while he is walking through the garden and wandering through the forbidden cloisters?  Each priest is secluded in his austere cell, praying, perhaps abstracted in his own thoughts or reading a pious book.  Only in the kitchen, which he has never been allowed to enter, are there noises and movements which he hears through the swinging doors that keep him from seeing the nun's faces and the hands that offer at every swing a bowl of hot soup or stew.
He doesn't pray although he goes to Mass out of duty.  He doesn't take Communion.  Neither he nor his parents believe in those things.  They are called atheists.  The priests know this and frequently let their disgust show and order him to take First Communion under threat of expelling him from school.  The other children, especially students aspiring to be priests, don't understand that he doesn't believe in God, that he kills time looking at crucifixion images and saints' statues during Mass in the new chapel on the second floor of the school.
He prefers gathering insects to praying or discussing theology.  Always he finds a reason not to attend spiritual retreats--a false medical excuse or a letter from his father asking to excuse him because of some ailment.
Carabus auratus, calopteryx virgo, epeira listada, oryctaes nasicornis, mantis religiosa.  Little labels written in unsteady Latin on blue stickers.  A long murderous pin piercing the chitinous thorax holds the insect in its correct position--legs, antennae and wings extended.  Fragility of elytrons.  Danger of moths.          
Two pigeons observe me from the broken frame of the window facing south; beyond, white fluffy inoffensive clouds are gathering.  Something glitters on the ground, in the hay.  I go near; it is a gold ring, a wedding ring.
Christ on the cross is bleeding before the kneeling students, who pray or pretend to pray while secretly desiring the martyrdom of Mass to end so they can go out to the patio and play.
Through the swinging door leading to the kitchen nuns' voices and laughter can be heard, oil sizzling in blackened frying pans, the sound of spurts of water striking the shiny bottoms of the aluminum casseroles.  The nuns are as dark as night birds, as secret as shadows, and are married to God in order to serve the priests.  They wear gold wedding bands:  He has caught glimpses of their hands forever hidden among the folds of their habits.  They only say Mass, read as they walk in silence through the sunny cloisters, confess, and teach classes in religion and Latin.
Magister-magistri.
Sooner or later he'll have to make himself study his Catechism, know it by heart, and make his First Communion, or they will expel him.  During classes in religion he cannot go on discussing to the point of nausea and goes out to wander through the gardens, sketching fantastic animals on the wooden benches with a piece of stolen chalk, tearing leaves from the trees to observe them carefully with his magnifying glass, going through the old abandoned school and catching insects in medicine bottles while his companions study, though he knows that afterward, to make up his assignment, he will only have to read a few pages of a book and comment on them.
The First Commandment:  Love God above all things.
But he cannot love Him because he does not believe in Him.  At home he never learned about a pious image, any saint's picture, the Virgin figure, a Rosary.  His parents and brothers and sisters never entered a church.  Nor did his grandparents. 
Deus-dei.
And the ring gleams between my fingers with the radiance of gold.  Bells ring very near the shadowed attic and pigeons burst into chaotic flight.  I look at the ring and discover, disappointed, that it has lost its glow as I feel it become hotter, too hot.  It burns my fingers and I let it fall.  Once on the floor it becomes a simple rusted iron washer.  The afternoon descends, flooding the great angled attic with haze.
He goes up the stairs beside the rectory and crosses a long stripped gallery with a great glass window on the south side which the roseate afternoon light pours through.  At the end are the students' bedrooms, where they are forbidden to approach one another.   But he approaches that end, passes the statue of Santo Domingo, the one of the saint pointing heaven out to a child, and he sticks his head into the vast dormitory door.  It is a long room with high, shadowed ceilings, with small beds in a row on either side of a central aisle.  On the rear wall is a picture of Saint Albertus Magnus with a candle always burning before it.  Little cabinets painted a very dark green show off locks and latches, hiding wretched Sunday vestments, comic magazines, forbidden cigarettes, letters, and some boxes of stale cookies.  The floor is made of heavy red tiles, and the walls are painted olive gray halfway up, the rest is lighter gray.  Here and there hangs a bulb shorn of its shade and twisted wires creep and meet, ending at a white bakelite switch.  He gives it half a turn and the student dormitory lights up.  Then he discovers in the light's yellowish sadness that poverty is more evident--the quilts, worn from use, show the white mesh and the basting, the pillowcases are threadbare and there are enormous black chips in the enamel frames of the beds. 
Miser-misera-miserum.
In the palm of my hand I still feel a burning circular mark.  I try to leave the attic, but a force keeps me there as the thick haze surrounds me.  Only the rusty ring, now a living red, produces a tenuous circular clarity.  I hear murmurs and laughter--and hurried steps over the floorboards.  A slight figure, like a shadow, streaks through the dark.  Tke pigeons have not returned.
He goes down the steps, out to the playground, and walks through the grove of trees which flank the dirt walk to the old decayed chapel used only once a year for spiritual exercises.  The door is bolted and chained, but he tries to look inside through the keyhole.  He sees nothing till his eyes become adjusted, his pupils dilate, allowing him to see Christ high up       , far off, at the end opposite the door he is spying from.  Christ sems to be suffering.
Dolor-doloris.
He veers toward the chapel sheltered by the shade of the enormous fragrant eucalyptuses, even more fragrant than the incense which the ancient walls retain, and he discovers a praying mantis lying in ambush.  He looks at it:  It stands upright as if praying, very still and concentrated in its deadly intensity.  He too lies in ambush, stretched out on the grass, the insect unaware of his presence or ignoring it.  After a brief contraction, the insect suddenly stretches and traps another insect its own size between its claws.  She immobilizes it and begins to gnaw at its neck with her powerful mandibles.  As soon           
as she sees it is dead, she swallows the head and then the rest of its body. The process takes scarcely half an hour.  The bell announcing recreation rings, the class in religion is over, and he gets up without taking his eyes off the insect.  Once he had seen two mantises copulating; after,the female devoured the male.
Now he moves away from the spot so that the other children won't find the insect and stamp it to death.  He already has several mantises, he doesn't need another.
Puer-pueri.
The shadow begins to take shape until it becomes a definite figure with glowing edges:  Its arms are raised to heaven in supplication and it stands very still, secure in its mute oration.  It is a haloed angel.  Its face has the innocent sweetness of a madonna.  The aura begins to fade until it turns to an opaque figure--it begins to elongate, its eyes enlarge and bulge, it turns greenish brown, and its arms stretch, becoming thinner, then its neck and its body, until it becomes a delicate insect with enormous ewyes and preying claws.
During the siesta, while the other children are discussing the form of angels, he penetrates his forbidden, accustomed places.  He goes up the stairs leading to the priests' cells, traverses corridors with immaculate floors, climbs through a window and goes down a dirty, unfrequented passageway which leads to the highest part of the old school.  He lingers there, scrutinizing old broken statues of saints, damp torn paintings in peeling gold frames chipped at the corners, useless furniture.
A light sound breaks into his musings.  It comes from the abandoned attic.  He strains his ears and hears brief crossings on the wooden floor, like furtive steps, and a smothered murmur.  On tiptoe he approaches the door and glues his ear to it.  The sound resembles breathing that is quickening, but it is still far off, as if it were coming from the opposite end of the attic.  He pushes carefully, not to make noise, and the door gives, leaving the way clear.  He sees only dimness and shadows on all sides--old deteriorating desks and heaps of old moth-eaten clothes in corners.  He feels his way ahead until his eyes grow used to the dimness and he reaches an angle.  There the sound is more intense--it is the panting of animals or devils.  He hesitates before making the turn, but his curiosity is greate han his caution.  A ray of vertical light penetrates the depths of the attic; in it he sees the half-naked bodies bathed in the blinding light of the siesta--the beast with two heads struggling between spasms.
Amor-amoris.
The profile of its arms bristles with stiff spines.  Suddenly the mantis stretches her claws in a precise, spasmodic movement and traps her lover.  She imprisons him in her embrace and gnaws at his neck.  A slight quiver runs through the male's body as it expires in full orgasm.
 © norberto luis romero
Translated by H. E. Francis

miércoles, 12 de julio de 2017

LOS SUEÑOS AJENOS


“... mientras un ave enorme volaba hacia el sur”.
--Ese fue el sueño -agregó concluyendo. Y abandonó la habitación. Antes de que atravesara la puerta de calle alcancé a preguntarle:
--¿Vendrás mañana? ¿Soñarás esta noche por mí?
--No lo sé -me contentó sin volverse. -Si me vienen, así será-. Y lo oí murmurar antes de alejarse definitiva-mente: --No siempre se presentan, suelen ser rebeldes, a veces...

Ocurrió poco tiempo después de que todos nos quedásemos sin sueños, primero los niños, menos necesita-dos de ellos, y que apenas si se dieron cuenta de su ausencia; después los mayores; y por último los viejos; todos nos quedamos sin sueños, como si alguien nos los hubiera ido robando de a poco. Las noches se convirtieron en un dormir profundo y oscuro, sin luces, ni figuras, ni colores. Eran como la muerte, vacías. Fue entonces cuando él me lo propuso:
--Si quieres esta noche sueño por ti.
--Bueno -le dije-. Hace tiempo que me ya no tengo sueños, me gustaría-. Y a la mañana siguiente me lo contó. Después otros empezaron a llamarlo.
--No doy abasto -decía. -No puedo soñar por todos ustedes a la vez, sólo puedo hacerlo de uno en uno, y hoy le toca a fulano-. Eso decía, y nos dejaba todos muy tristes, esperando a que nos volviera a tocar el turno, sumidos en la oscuridad, en el miedo de acostarnos y no tener sueños, ni pesadillas siquiera, por dolorosas que pudieran ser.
--Anoche, Daniel me soñó unas cosas preciosas -decía la pobre vieja Matilde. -Me soñó que yo era joven, con el pelo retinto, y que hacía un viaje: cruzaba el mar en un barco muy grande, de esos llenos de banderas y de luces, que arrojan humo por la chimenea, y hacen sonar unas sirenas roncas, como los he visto en un libro dibujados, y yo miraba el agua plateada y los peces saltando en la superficie, mientras el viento me daba en la cara y hondeaba mis faldas blancas llenas de encaje, y todos los vecinos me despedían agitando pañuelos de colores y me pedían que les trajera cosas... veía el pueblo alejarse y hacerse cada vez más pequeño, y era tan hermoso. Yo siempre he querido viajar, hacer un viaje largo como ése.
--Pero si aquí no hay mar, abuela.
--No importa, en el sueño teníamos uno muy azul y brillante, con unas olas grandes como cerros.
Sí, él soñaba por todos nosotros sin pedir nada a cambio, ni siquiera aceptaba los regalos que le ofrecí-amos: algunas veces una gallina, o una canasta con frutas, otras un cabrito, o una medalla de la virgen bendecida. Nada, él no quería nada. Creo que lo hacía por cariño hacia nosotros, de puro bonachón que era, y porque había sido el único que no los había perdido. Los viejos se nos iban muriendo de tristeza y los niños se ponían a llorar de pronto, como si les hubiera picado un bicho, de pura aflicción que tenían los pobrecitos. Y él les ponía remedio a estas cosas.
Unos días después llegó una mañana José, diciendo que había tenido un sueño y no le creímos; era imposible, por más que insistiera, y nos pareció un invento suyo todo lo que nos contó. Si en este pueblo nos hemos queda-do sin sueños, como un castigo del cielo, ya nadie los tiene, salvo Daniel, nadie. Y aunque José hubiera soñado como afirmó entonces, no nos importó, pues él no sabía contarlos y nadie se los creía. Me parece que se lo inventó por envidia de Daniel, a quien queríamos tanto, y porque él no tenía esa facilidad de palabra. Hasta que un día confesó que todo había sido una mentira.

Daniel soñó por mí muchas veces, yo fui una de las primeras que se quedó sin sueños y lo llamé. Venía todas las mañanas y me los relataba con esas palabras tan bonitas que sólo él sabía decir, porque había estudiado y aprendido a leer y escribir. Después ya no pudo dedicarme tantas noches, lo llamaban de todas las casas. Pero llegó a soñarme cosas muy hermosas que me hubiera gustado vivirlas, y otras no tan lindas y más tristes. De mañana, muy tempranito, se aparecía en casa, entraba y se sentaba aquí, en esta silla, y guardaba silencio por un buen rato, entonces no me aguantaba más y le preguntaba:
--¿Y... soñaste anoche?
--Sí, creo que sí.
Y acercando mi silla a la suya, le pedía que me lo contara todo, que no olvidara nada, que me diera detalles aunque hubiera soñado algo triste o doloroso.
--Sí, tuve uno tuyo -decía. -Y ocurría aquí, en el pueblo...
--Cuenta, cuéntame todo, Daniel.
--No te impacientes. Fue muy raro... y no me acuerdo muy bien. Pero no te preocupes, que a medida que lo vaya contando me iré acordando de todo.
Y en esos momentos se me cortaba la respiración, y no se oía ni el más mínimo ruido, ni siquiera el canto de los pájaros; parecía como si el mundo se detuviera a nuestro alrededor.

Aquella mañana lo vi llegar arrastrando los pies como siempre. Nada más verle la cara supe que algo malo había sucedido.
--¿Me soñaste anoche?
--Sí, te tuve uno sueño -bajó la cabeza y se quedó callado.
--¿Qué me soñaste, Daniel?
Permaneció pensativo un rato, entró en la casa, se sentó en la silla de siempre, yo me senté a su lado muy atenta.
--No sé si debo contártelo...
--No te preocupes, es mío y tengo que aceptarlo aunque no me guste.
--Era de noche, había luna y se podía ver como si fuera de día, y estabas de pie delante de la casa, justo debajo del emparrado, toda vestida de blanco, mirando hacia el horizonte, como esperando algo. Había una nube en el cielo que cambiaba de forma constantemente: primero era una especie de animal, después se convertía en una cara conocida...
--¿De quién?
--No la vi muy bien, creo que era un hombre joven y moreno, con unos ojos muy negros y grandes...
--¡Juan! Esos ojos son los suyos.
--Sería Juan, no lo sé -y se quedó un instante reflexionando. Continuó: -Después la nube se deformó hasta que volvió a hacerse otra figura, la de un caballo galopando por el horizonte. En animal se acercaba, se acercaba cada vez más hacia tu casa. Y tú, de pie, muy quieta, lo veías avanzar sin sentir ningún miedo.
--¿De qué color era el caballo
--Blanco... me parece que blanco -agregó titubeando. -Pero tenía una mancha en la frente- hizo un silencio-. Y eso es lo que me preocupa.
--¿Por qué?
--Esa mancha oscura no me parece nada bueno. Es como un presagio...
--¿Y qué pasó luego?
--Ahí se terminó -dijo, callando y volviendo a bajar la mirada, clavando sus ojos en el suelo como si buscara algo entre los ladrillos.
No se equivocó: pocos días más tarde, Juan tuvo una caída del caballo. Venía cruzando el monte a todo galope, cuando se apareció una culebra atravesando el camino, el caballo se asustó y se encabritó, se detuvo en seco alzándose sobre las patas traseras. Juan perdió el equilibrio y cayó al suelo desnucándose. Lloré mucho su muerte, éramos novios y pocos días antes del accidente me había pedido que nos casáramos. Me enojé con Daniel, acusándolo de ser el responsable. Después me di cuenta de mi injusticia y me arrepentí; pero fue demasiado tarde, no quiso volver a soñar por mí, se negó diciéndome que él no tenía culpa alguna de nuestros sueños, y que no creyésemos que aquel trabajo de soñante era nada fácil, que no comprendíamos nada de nada de todo cuanto estaba sucediendo, que los sueños le creaban enemistades, y muchas más cosas me dijo. Le pedí perdón, pero él se negó a volver a soñar por mí, así que muy pronto me quedé igual que los demás, con las noches sin voces ni colores, envuelta en la oscuridad.
--Suéñame algo, Daniel, que mi hijo está enfermo y no sé qué tiene -le pedía alguna madre. Daniel lo hacía esa noche, y a la mañana siguiente se lo contaba todo para que ella supiera algo de la enfermedad. Aunque yo me di cuenta de que cuando soñaba cosas malas callaba muchas de ellas, desde lo de Juan no volvió a contar los malos sueños o las pesadillas, prefirió decir que no había tenido ninguno, mentía argumentando que había pasado la noche en blanco.
Cuántas veces le habré rogado que volviera a soñarme algo, que ya no podía seguir viviendo sin sueños, y menos desde lo de Juan, que era lo único que había tenido en la vida, y que lo había querido más que a mis ojos. Una tarde, por fin logré convencerlo a fuerza de lágrimas.
--Bueno -me dijo, -te soñaré algo mañana o pasado, porque esta noche no puedo, la tengo prometida a Rosa, que hace mucho que le debo un sueño. Pero dentro de un par de días te soñaré algo; después, si no te gusta, no me recrimines nada.
Esperé ansiosa ese día señalado, y durante la noche no pude dormir pensando en el sueño prometido y deseando con todas mis fuerzas que fuera uno hermoso y extenso.
llegó esa mañana y como siempre se sentó a mi lado. Permaneció un rato en silencio, según su costumbre, como si le costara arrancar, hasta que dijo por fin:
--Bueno, tengo un sueño que contarte.
--¿Es bueno?
--Creo que sí, pero no estoy seguro.
Sentía el corazón a punto de estallarme. Era feliz y temblaba de miedo al mismo tiempo, no fuera a ser otra vez una pesadilla.
--Había un pozo de agua profundo -comenzó,- con el brocal de piedra, y desde el fondo del miraban dos ojos brillantes y oscuros. Sacabas agua y con ella te lavabas las manos, la cara y el pecho. Estaba fresca y era cristalina. Te asomabas al brocal y en la superficie tranquila veías una cara, una cara confusa y sin rasgos, pero que poco a poco se iba haciendo más nítida, hasta perfilarse el rostro de un niño que te sonreía desde lo más profundo del pozo, un chiquito envuelto en unos pañales blancos como la nieve...
Le di las gracias porque era un sueño hermoso, y quise regalarle algo en agradecimiento, pero él no lo aceptó, diciéndome que era su obligación.
--¿Qué significa el sueño, Daniel? -le pregunté mientras él se ponía de pie listo para marcharse.
--Eso no lo sé. Yo sólo sueño, lo que significan no lo sé. Pero intuyo que es algo bueno para tí.

Y al cabo de los meses me nació este niño. Con una cara feliz como la reflejada en el agua del pozo. Un niño mío, con unos ojos negros y muy abiertos. Este chico que me consuela en las noches oscuras, que me ocupa los días y llena los antiguos vacíos. Tenía Razón, era algo bueno, sí.
Después de aquella mañana Daniel no volvió por casa, parecía evitarla, como si continuara ofendido por lo de aquella vez.
Y siguió soñando para todo el pueblo, menos para mí. Cuando me lo encontraba en la calle me esquivaba, y la única vez que hable con él y le pedí que me soñara, me respondió que tendría que esperar mi turno, porque estaba muy ocupado. Pero yo ahora podía vivir sin sueños, mi hijo era el consuelo.
Una noche, mientras permanecía despierta observando a mi niño dormir, noté que se agitaba y sonreía. Está soñando, me dije. Está soñando porque es hijo de un sueño, y cuando sea mayor podrá hacerlo por todos, y los hijos de sus hijos soñarán por nosotros redimiéndonos de este castigo.
Mi hijo fue creciendo y Daniel se fue haciendo más viejo. Decía la gente que estaba muy vago y apenas si quería soñarles cosas. Ya no lo veía como antes, acudiendo muy temprano a casa de algún vecino para relatarle sus sueños, dicen que permanecía en su pieza encerrado durante mucho tiempo. Sé que no lo hacía por maldad o por desidia, sino porque estaba ocupado en otros menesteres, porque mi niño se agitaba en las noches mientras dormía, balbuceaba, sonreía, lloraba y se le cubría la frente de gotitas de sudor. Cuando comenzó a hablar, cada mañana me contaba unos sueños hermosos muy entretenidos, a veces despertaba sobresaltado por alguna pesadilla terrible y se abrazaba a mí llorando. En un principio los sueños eran suyos, después comenzó a tenerlos por mí.
Un día me dijo:
--Se morirá Daniel, Lo soñé anoche.
Esa misma noche, por primera vez Daniel no tuvo sueños, se quedó en blanco, como todos nosotros, sin luces, ni colores, ni ruidos, ni voces. Se quedó vacío. Apareció esa mañana por casa, después de mucho tiempo sin venir, y como siempre se sentó en su silla, mirando al suelo, a los ladrillos recién barridos.
--Vengo a conocer a tu hijo -me dijo.
--Ya es mayorcito. Un muchachito muy lindo -y llamé al niño, que entró calladamente y se puso a mi lado, sin levantar la vista.
--¿Así que éste es tu hijo? -y agregó después de mirarlo fijamente: -tiene los mismos ojos que en el sueño.
--Los ojos de Juan -murmuré. Mi hijo ahora observaba a Daniel con los ojos muy abiertos, reconociéndolo de haberlo visto tanto en sus noches agitadas por los sueños.
--¿Cómo se llama?
--Juan.
Al oír su nombre mi hijo me sonrió, me regaló una mirada de ternura y salió al patio corriendo a jugar. Daniel se quedó callado, dándole vueltas en la cabeza. Por fin soltó:
--Anoche no soñé nada... y llevo mucho tiempo así. Algo está pasando.
No le contesté y lo miré de soslayo: estaba envejecido, arrugado, tenía los ojos hundidos y cansados de tantos sueños ajenos.
--Alguien está soñando en mi lugar. Acaso es tu hijo. Se rumorea por ahí que sueña.
--Sí. Desde chiquito -y me sentí llena de remordimientos.
--No te avergüences, no es por tu culpa -sonrió.
No dije nada.
--Así que el muchacho sueña... -agregó después de un largo silencio. -Bueno, entonces creo que ya he cumplido lo mío y puedo irme.
No tuve fuerzas para decirle una frase de consuelo y bajé la mirada, igual que él, la dejé vagar por el suelo.
--Fue difícil, no creas. Durante muchas noches me esforcé, pero ya ves los resultados: aprendió muy pronto. Es inteligente el chico.
--¿Es hijo de los sueños, verdad? -me atreví a preguntarle.
--Sí. Los sueños son su padre -y se levantó, salió al patio apenas caminando a pasitos cortos, agarrándose a los postes del emparrado.
--¿Sufrirá mucho? -quise saber.
No me respondió. Desde el vano lo vi alejarse,  traspasar el portón de madera y desaparecer para siempre detrás de las últimas casas.

miércoles, 5 de julio de 2017

RITUAL DE LOS ESPÍAS


Sé que me están espiando.
Percibo una respiración agitada al otro lado de la cortina y eso me gusta; me halaga profundamente. Después oigo a alguien bajarse de la banqueta, cerrar la puerta y alejarse por el pasillo en penumbras. Enseguida las siento discutir en la cocina, en voz baja para que no pueda reconocer lo que hablan.
Luego viene la oscuridad intransigente, el riguroso silencio interrumpido, de vez en cuando, por la vieja que tose y gruñe en sueños.
Y de esto ya hace más de quince días.
Cuando llegué a esta pensión y ocupé este cuarto, no reparé, hasta hace poco, que se comunica con otro mediante un vano clausurado, parcialmente, por mi armario ropero, y disimulado con una cortina floreada. Fue al inclinarme a recoger las pantuflas, cuando vi la abertura por debajo del mueble, y en ella, cajas y envoltorios de trapos amontonados.
Una muñeca rubia, con pelo de plástico, los brazos extendidos y rígidos, como pidiendo que la levanten, corona el armario, colocada simétricamente en el centro de la cortina que asoma por arriba.
A diario, regreso alrededor de las once de la noche. Por la mañana me marcho muy temprano al trabajo, mientras ellas todavía duermen. Esta disciplina es prácticamente invariable y jamás estoy en casa durante el día. Nunca coincidí con el otro huésped del que me hablaron; ni siquiera sé qué habitación ocupa. Únicamente en dos o tres oportunidades le oí llegar por la noche -a escasos minutos de haberlo hecho yo-, charlar brevemente con la madre y la hija y, enseguida, la casa volvió a sumirse en su habitual silencio, sólo quebrado por las toses y gruñidos de la vieja, que duerme en una habitación en diagonal a la mía, al otro lado del vestíbulo impregnado de olor a frituras y abarrotado de muebles baratos, adornos de yeso y penumbras.
Me acuesto desnudo sobre la cama, enfrentado al armario que tapa y disimula la abertura. Hace calor, un calor pegajoso que me impide conciliar de inmediato el sueño. Leo una novela y me veo forzado a colocar el libro en una posición incómoda para que pueda llegarle la luz de la lámpara demasiado baja. Me deslumbra el ángulo de un ojo. Es entonces cuando percibo que la muñeca rubia, desde encima del mueble, tiene sus ojos de vidrio fijos en mi sexo, y me tiende los brazos, me reclama con el gesto mudo de su cuerpo rígido, me implora que la deje meterse en mi cama. Al pasar las páginas, veo de reojo la cortina inmóvil.
A pesar del silencio y la quietud, sé que alguien, acaso la hija, subida en la banqueta al otro lado, con la cara pegada a la cortina de flores y amparada por la oscuridad y el sueño pesado de la madre, escruta mi cuerpo con sus ojos enrojecidos por el insomnio, me recorre con sus manos, me acaricia aquí y allá, y se demora en la voluptuosidad de mi sexo, ávida de mi virilidad.
Me gusta sentirme deseado; inútilmente deseado; ser fruto prohibido a sus manos y a su boca, a pesar de su cuerpo redondeado y armonioso, acaso deseable para otros, a pesar de sus pechos abundantes y blancos... Me excita saberla en su escondite, esforzándose en no hacer ruido, mordiéndose los labios en un rictus furioso, tan próximo al orgasmo.
Cada tanto cambio de postura para no cansarme: me estiro, me doy la vuelta boca arriba, me encojo, vuelvo a estirarme, abro las piernas para que pueda verme en todo mi esplendor, o bien oculto mi sexo entre los muslos o en el hueco de mi mano, para enardecerla. Me rasco, me escatimo, me ofrezco y me retiro indiferente, fingiendo la mayor naturalidad, como si ignorase su presencia detrás de la cortina.
Ojalá se muera de deseo. De puro deseo insatisfecho, porque al volver del servicio y después de dejar sobre la cómoda el vaso con agua y mi crema y cepillo de dientes, echo el pasador que protege mi virginidad.
Y la madre debe saberlo todo, o por lo menos intuirlo. No creo que sea ésta la primera vez que su hija espía a un huésped desde allí, en lo alto de la banqueta, al otro lado de la cortina, con la cara pegada a la muñeca rubia. También lo habrá hecho con los anteriores. Tal vez por esto, a mi regreso las sorprendo a menudo discutiendo en la cocina, y callan de inmediato cuando oyen mis pasos en el pasillo. Estoy seguro de no ser el único espiado y que algo similar ocurrirá con el otro huésped que nunca he visto.
Cuando llegué el primer día y cerré trato con ellas, después de haber visto la habitación y el cuarto de baño que me corresponde, situado en el extremo opuesto del pasillo, me dijeron que no era el único, que había otro, un muchacho joven, muy buena persona, también recomendado como yo. Con los días deduje que podría alojarse en cualquiera de las habitaciones cuyas puertas dan al pasillo o al vestíbulo. Al regresar una noche bastante tarde, vi luz en la pequeña ventana que está en lo alto de un dormitorio, casi pegada al techo, y que, absurdamente, da al vestíbulo. Estas no son más que conjeturas, no tengo pruebas concretas. Una vez me escabullí, mientras ellas dormían y, fingiendo dirigirme al cuarto de baño, cambié de itinerario, me subí a la mesilla que hay debajo del ventanuco y, pude echar un vistazo: en la oscuridad absoluta, no distinguí ni el más leve rumor de un cuerpo dormido, ni el ritmo pausado y bajo de una respiración.
Tampoco puedo asegurar si la pelirroja duerme en una de las habitaciones más alejadas. Un par de veces la vi salir temprano de una de ellas, llevando un camisón rosa, un poco transparente, el pelo convertido en un inexpugnable estropajo rojo, y con unas ojeras más acentuadas de lo habitual, tal vez por la falta de sueño causado al continuo deambular y espiarme. Cada vez que coincidimos en el corredor, aprovecha la forzada proximidad de los cuerpos para insinuarse, se yergue para acentuar el volumen de los pechos, me sonríe sin motivos, y entorna los ojos como lo hacían las actrices del cine mudo. Finjo no darme cuenta, absoluta inocencia. Nada me impide conjeturar que sale de la habitación que bien podría ser la del otro huésped, aunque si así fuera, está cometiendo una gran temeridad, el riesgo de ser descubierta por su madre; y no es tonta, como para no para tomar precauciones, ser más cautelosa y evitar discusiones y enfrentamientos.
La vieja duerme siempre con las puertas entornadas. Espío por el ojo de la cerradura y veo el interior de su habitación. En ella hay dos camas: una que está en mi ángulo de visión y que nadie utiliza, la otra queda oculta y debe ser en la que duerme la vieja, porque de allí proviene la tos y los gruñidos.
Una noche, aprovechando que la pelirroja estaba ausente y su madre dormía, me metí en el trastero desde donde me espían: es un pequeño vestidor o armario, saturado de ropa, cajas y olor a naftalina, y su puerta de entrada, cuando permanece abierta la que comunica el pasillo con el vestíbulo, con frecuencia queda semioculta. Junto a la cortina que cubre la abertura y en cuyo vano hay estantes improvisados, vi la banqueta redonda que utilizan para espiarme. Subido en ella, comprobé el ángulo de visión: la casi totalidad de mi cuarto, de modo que cuando estoy en la cama pueden disfrutar contemplando mi cuerpo desnudo.
Unos de los primeros síntomas que confirmaron mis sospechas, fue una mutación del olor de mi axila izquierda, que transpiraba como si fuera ajena; con un olor salado y penetrante, como a cebollas verdes; salvaje a veces, como de animal en celo. Este olor se asemeja al que están adquiriendo mis sábanas entre las que, seguramente durante mi ausencia, ella convulsiona sus muslos intentando aprisionar mis huellas: olores y vestigios retenidos en los pliegues y en las flores del estampado.
También atribuyo a este olor la causa de los sueños y pesadillas que me hacen despertar en medio de la noche, bañado en sudor frío, con la certeza y el miedo de saber que alguien, del otro lado de la puerta, intenta abrirla. Un leve ruido de pestillo girando en la mano nerviosa de un súcubo o un íncubo que, al cabo de vanos intentos, se aleja por el pasillo en penumbras, decepcionado y enardecido, acaso hacia el otro cuarto alquilado esperando una mayor fortuna.
El sueño, o la pesadilla, cada tanto se reitera con leves variantes: la muñeca rubia desciende del armario, trae los ojos muy abiertos, circundados por una aureola oscura de desvelos, lleva el pelo revuelto y enrojecido como una llamarada, y un vastedad casi transparente, que deja ver un sexo palpitante que no es de muñeca. Viene hacia mi cama con los brazos extendidos, con una sonrisa intencionada que acompaña con balbuceos idiotas. Quiero incorporarme y huir, pero no puedo. Le arrojo la novela que estoy leyendo y que se estrella contra el armario. La siento trepar por los pies de la cama e intento empujarla al suelo de una patada, pero mis piernas no responden. Mientras avanza, toda ella es fuego: su cabellera fuego, su cuerpo fuego, su sexo se consume entre llamas; y a medida que se me acerca, también mis brazos se paralizan, todo mi ser deja de obedecerme, como si estuviese muerto, únicamente mi sexo permanece vivo y desafiante, arde también, pero no se consume, se mantiene pendiente de sus menores movimientos, dispuesto a atacar o a defenderme... Ella se me sube a las piernas, arrastrando su cuerpo hueco, clavándome los dedos en la piel, asciende a mi pecho y quiere alcanzar mi boca que emprende un grito de auxilio, pero mi grito se congela en la intención, mi boca se cierra porque ella la está sellando con su fuego, soldando cada una de mis aberturas, paralizándome los músculos con sus dedos como aguijones, hasta dejarme inerme como un muñeco, idéntico a ella, tieso y derrotado, un juguete obsceno y grotesco, henchido de ira y deseo. Ella aprovecha mi rigidez para poseerme frenética, y según va saciando su apetito, la cabellera se le va apagando. Satisfecha, me tiende en la cabecera de la cama como un enorme muñeco de adorno.
Es posible que esté solo, con mis sueños y ellas dos en la casa. No estoy seguro de la existencia del otro huésped ocupando el dormitorio que tiene el ventanuco interior. De ser verdad, tal vez también lo espían y le provocan pesadillas similares a las mías, dejándolo igualmente hecho un trasto con que adornar la cama.
El tal muchacho siempre me pareció una tapadera que utilizan madre e hija para protegerse de su soledad ante la estancia de un desconocido como yo, a pesar de venir recomendado. Acaso un amigo, o un familiar, pasa de vez en cuando a visitarlas, y pretenden hacerme creer que se hospeda aquí. No lo sé, son conjeturas, pero sospecho que no hay nadie más, que vivo solo con ellas en esta enorme casa llena de pasillos, puertas disimuladas, ventanas absurdas, penumbras, olores y sueños malvados.
Sobran razones para no descuidarme, ni olvidar echar el pasador que me protege, para evitar que los sueños y pesadillas se hagan realidad. Y siempre procuro mantenerme independiente y alejado de ellas, sobre todo de la hija cuando me la encuentro en el pasillo algunas mañanas antes de salir a trabajar.
Pero el ritual no acaba. Cada noche me espían desde lo alto del armario, tras la cortina, utilizando la mirada de la muñeca, mientras estoy tumbado leyendo, desnudo para deleitar únicamente sus ojos. Luego oigo pasos alejándose por el pasillo, quizás yendo hacia la mesilla que está bajo la ventana interior y, allí encima, esos ojos observan a otro hombre, que se les ofrece desnudo como yo, también esquivo. Acaso ocurra lo contrario: a una señal convenida, él le abre la puerta y ambos disfrutan de una noche frenética, olorosa a cebollas verdes y con cabelleras encendidas. Cuando sé que han dejado de espiarme, me tranquilizo y me duermo.
Hay noches, muy pocas, en que los sueños no me atormentan. Durante esta tregua, descanso profundamente, amanezco radiante y mis temores se disipan con la luz. Pasan días que procuro no pensar en ellas ni en nadie, que incluso llego a olvidarme de exhibir mi desnudez, aunque creo que siguen allí, espiándome como siempre, mordiéndose los labios de rabia e impotencia. Y me cubro con la sábana, indolente, a pesar del calor.
Acaso esta falta de preocupación, esta tranquilidad aparente de los últimos días, haya sido el motivo de mi imperdonable desidia.
Un levísimo ruido metálico me despierta y sobresalta. Al instante el silencio vuelve a apoderarse de la noche. Hago memoria, mi piel se eriza y se cubre de un sudor fino, cuando descubro mi olvido. Abro los ojos y la oscuridad es total. Súbitamente se produce una herida vertical de luz que dura un instante, lo necesario para que una silueta penetre, se deslice con un rumor y se pegue a la pared junto a mi cama. Percibo su respiración agitada, el ritmo trepidante de su corazón. Estoy inmóvil, paralizado, en silencio, aunque tiemblo y mi corazón resuena con mayor fuerza que éste otro ajeno y próximo. Reconozco de inmediato ese olor: el olor a cebollas verdes, a axila izquierda, a animal en celo; y ahora más penetrante, con la magnitud de una pesadilla, dañando mis fosas nasales con su intensidad. Me siento como un muñeco de adorno, apenas si respiro para no delatar mi presencia de peluche, para que el olor no me descubra a medida que se acerca buscándome. Pero es inútil, se intensifica e inflama, comienza a quemarme con un aliento, arde próximo a mi cara, me abrasa las mejillas y los labios dejándolos hambrientos de otra boca que en la noche podría destrozarme con sus dientes y su lengua. Unas palmas húmedas, temblorosas, me recorren con ansiedad, me estrangulan e impiden resistirme a esta dulce violencia inesperada. Y la presencia se desliza sobre mi pecho, resbala en el sudor, me obliga a experimentar y a descubrir que las pesadillas son reales en las sombras, me induce a abandonarme entre esas manos ásperas y poderosas que me conceden la gracia de no volver a ser un muñeco de adorno. No opongo resistencia, no ahora que conozco su poder para desgarrarme y someterme hasta que la aurora irrumpa en este cuarto alquilado.

© norberto luis romero

miércoles, 28 de junio de 2017

LE PLAN DE VILLES / EL PLAN DE LAS CIUDADES


Ninive, Ecbatane, Cyrene, Samarcande, toutes ces villes ont disparu par engloutissement. Certaines ont été englouties brusquement, d’autres peu á peu. Certaines ont réapparu et persistent comme ruines éparses, mais il y en a qui attendent encore d’être régurgitées. 
L’engloutissement ne se produit pas toujours de la même manière; des fois, les villes disparaissent complètement dans un court laps de temps, d’autres par morceaux et progressivement. Ecbatane commença à disparaître par les faubourgs de sa périphérie, avant de voir disparaître les palais et les temples qui se trouvaient dans son centre. Sodome et Gomorre sont un cas typique de disparition soudaine. Fréquemment, seulement une partie est engloutie et d’autres parties ne le sont que des siècles ou même des millénaires plus tard.

Carthage fut dévorée 7 fois et 7 fois régurgitée. Ses ruines successives ainsi le montrent.

II est inutile de s’alarmer et, par ailleurs, presque personne ne le fait. II n’y a que les imbéciles et les lâches qui tentent de fuir des qu’ils entendent des rumeurs d’un prochain effondrement, Les disparitions sont imprévisibles: L’engloutissement d’une maison ou d’un temple n’est pas le symptôme sur de l’engloutissement de la ville entière.

Une légende affirme que les villes englouties émergent tôt ou tard dans un autre endroit de la terre, ou bien dans I’endroit même de leur disparition. Un dicton dit que tout mouvement descendant appelle á un mouvement inverse. Le sens commun du citoyen est tout imprégné de ce dicton et, ainsi, presque personne ne s’en préoccupe.

Au septième siècle avant Jésus-Christ une splendide ville sombra dans le désert du Thar; onze siècles plus tard, une autre ville similaire émergea dans un endroit des Andes Péruviennes. Des chercheurs, bons connaisseurs des mouvements des villes, sont d’accord pour dire que les deux sont la même. Ils affirment aussi que Constantinople se trouvait dans les steppes de Caucase quatre siècles plus tôt, que les preuves sont irréfutables et que seulement les ignorants peuvent les refuser. Pourtant, retrouver certains livres de la bibliothèque d’Assurbanipal serait la seule preuve absolue de leur théorie. Ils avancent aussi que les musées d’histoire et d’anthropologie sont pleins de preuves: des objets, petits et grands, démontrent clairement qu’ils proviennent d'une ville régurgitée, mais ces preuves passent inaperçues au commun des mortels.



Un grand espoir naît de l’apparition possible et annoncée d’une ville de dimension colossale, engloutie il y a deux mille quatre cents ans et dont les ruines n’ont jamais été trouvées. Herodote, dans le quatrième Livre de L’Histoire, la décrit en détail, et il mentionne aussi, sans donner trop d’importance á ce fait, la disparitions de certaines maisons de maîtres, Les contradicteurs des croyants argumentent que Herodote avoue ne pas avoir été le témoin direct des faits. Pourtant, affirmer, comme certains le font, que cette ville réapparaître dans notre siècle, sont, de toute façon, téméraires, étant donné que la disparition et la résurgence des villes est complètement arbitraire et imprévisible pour le commun des mortels. II existe, en plus, d’autres phénomènes, peu fréquents et néanmoins curieux, que rendent impossibles ces prédictions: parfois, la ville qui émerge n’est pas forcément celle d’origine, mais elle est composée de morceaux de deux villes ou plus. Quelquefois, aussi, on voit réapparaître la même ville, mais il y a deux ou trois maisons en plus ou en moins. Parfois, ce qui est en trop n’est pas une maison mais seulement un objet comme un jouet, une assiette ou un peigne.

II y a juste quatre ans, une maison a été engloutie en banlieue. Bientôt on murmura que c’était le début de l’engloutissement de la ville, et quelqu’un affirma qu’une autre maison avait sombré non loin de la, douze ans plus tôt. Un témoin disait qu’il avait vu cette maison pendant un voyage en Egypte, solitaire et abandonnée, prés des marges du Haut Nil. Cet état d’abandon confirme l’hypothèse que les villes n’émergent pas toujours avec leurs habitants en elle. Ils peuvent avoir été interchangés. Cette théorie est démontrée par l’apparition fortuite d’étrangers ou bien par la disparition de familles entières ou d’individus isolés. Quoiqu’il en soit, il est clair que le mécanisme engloutissement et de résurgence des villes se fait de manière équilibrée, presque symétrique, comme I’affirme le dicton. Personnes et choses sont transférées d’un endroit á l’autre avec une rigueur absolue et moyennant un plan élaboré, quoique inconnu des hommes. Souvent, nous sommes surpris de trouver dans une ville inconnue, une maison, un objet ou une personne qui nous sont familiers: l’existence du plan est évidente.

L’improbable persistance des villes ne nous empêche pas de voyager entre elles, même si elles sont éloignées, ni de programmer ces voyages trop á l’avance. Les engrenages que commandent les engloutissements et les réapparitions des villes semblent obéir á des règles dont le temps échappa á la dimension humaine des individus, voire des générations. Cette dynamique ne semble pas beaucoup affecter les gouvernements ni les citoyens: se fiant á la permanence, pourtant cyclique, du Plan, qui les dépasse aussi bien les uns que les autres, ils s’occupent exclusivement de leurs métiers et de leurs affaires, évitant d’y faire allusion, mais surtout, d'interférer avec le Plan.

On dit que dans les temps anciens des Sages ont découvert -par déduction mathématique- les mouvements du Plan des villes. Ces connaissances sont restées cachées pendant des siècles dans la bibliothèque d’Asssurbanipal le Grand, mais il est connu que cette bibliothèque fut engloutie I1 an 544 avant Jésus Christ. De ce fait, toutes les théories ne sont que des théories. Un seul événement pourrait révéler le mystérieux mécanisme: la réapparition de cette bibliothèque. Mais celui-là pourrait être le dernier des mouvements planifiés, et impossible de savoir s’il ne manquera pas, peut-être, dans son étagère, le traite.

Traduit par Bernardo Schiavetta.